Realizaron actividad de capacitación y comunicación para estar preparados ante emergencia de aftosa

Durante dos jornadas de trabajo, representantes del sector público, productores, industria, veterinarios de libre ejercicio, academia y organismos internacionales fueron enfrentados a distintos escenarios hipotéticos de reaparición de la aftosa en la región y el país, a 25 años de haber afrontado una situación que nadie quiere volver a vivir.

Primero, la aparición de un foco de fiebre aftosa en un país vecino que elevaba el riesgo para Uruguay. Después, la noticia que nadie quiere recibir: la confirmación de la enfermedad dentro del territorio nacional. La consigna no era comprobar cuánto sabían. Era obligarlos a decidir.

La aactividad pretendía conocer: ¿Qué hacer antes de que el virus llegue? ¿Cuándo una amenaza externa debe modificar las medidas que adopta el país? ¿Quién debe actuar? ¿Qué ocurre con los mercados? ¿Alcanza con vacunar? ¿Cómo se comunica una situación capaz de afectar en pocas horas a una de las principales actividades económicas de Uruguay?.

De las distintas mesas surgió una conclusión que atravesó prácticamente todo el trabajo: una emergencia de fiebre aftosa no puede empezar a prepararse cuando aparece el primer foco. Durante el encuentro, Manuel Sánchez, de Panaftosa, repasó la evolución de la enfermedad en el continente. América del Sur se encuentra hoy libre de fiebre aftosa, con la excepción de Venezuela, una situación muy diferente a la que rodeaba a Uruguay cuando enfrentó la epidemia de 2001.

El cambio reduce la presencia de la enfermedad en la región, pero no elimina el riesgo de una eventual reintroducción. Por el contrario, obliga a revisar dónde están hoy las amenazas, cómo prevenirlas y qué herramientas debería activar el país si la situación sanitaria regional cambiara.

Uruguay cuenta con un Plan Nacional de Contingencia para responder ante la aparición de fiebre aftosa. Sin embargo, uno de los primeros vacíos que detectaron los participantes apareció un paso antes.

Los grupos identificaron la necesidad de contar con un esquema de actuación específico para esos escenarios de amenaza externa: medidas previamente definidas, responsabilidades claras y decisiones basadas en una evaluación del riesgo. También surgió la necesidad de actualizar el actual Plan de Contingencia.

Desde la última epidemia cambiaron los sistemas productivos, la trazabilidad, las herramientas informáticas y las condiciones del comercio internacional. Cambió, además, buena parte de las personas que deberían ejecutar ese plan.

En las mesas aparecieron diferencias sobre conceptos como zonas de protección temporal, zonas de contención, zonificación y otras herramientas disponibles actualmente. También hubo distintas percepciones acerca del nivel de riesgo que supondría un foco en un país vecino.

Las diferencias fueron parte del resultado. Permitieron identificar algo que se repetiría durante el resto del taller: no alcanza con disponer de un plan; quienes eventualmente deberán aplicarlo tienen que conocerlo, comprenderlo y haber discutido antes cómo actuar.

Una generación que nunca vio la enfermedad

La ausencia de fiebre aftosa durante más de dos décadas produjo otra consecuencia. “Quedamos pocos sobrevivientes de la última epidemia”, señaló uno de los veterinarios durante la devolución final.

No haber vuelto a atravesarla es una enorme fortaleza sanitaria. Pero al mismo tiempo supone un desafío: la percepción del riesgo disminuye mientras generaciones enteras de profesionales y productores nunca tuvieron contacto directo con la enfermedad. Por eso, capacitación y comunicación fueron dos de las palabras que más se repitieron.

Los participantes plantearon la necesidad de profundizar la preparación dentro de los Servicios Ganaderos y extenderla a productores, veterinarios privados, industria y otros actores de la cadena.

La experiencia de 2001

Durante aquella emergencia, cuando la capacidad del Servicio Veterinario Oficial fue superada por la magnitud de la respuesta necesaria, numerosos veterinarios de libre ejercicio se incorporaron al trabajo. Lo hicieron muchas veces aportando tiempo, vehículos y recursos propios. Veinticinco años después, el planteo fue que una futura respuesta no debería depender nuevamente del voluntarismo.

Entre las propuestas surgió desarrollar mecanismos de capacitación --e incluso evaluar una acreditación específica--, para disponer de veterinarios privados previamente preparados, con protocolos conocidos y capaces de incorporarse rápidamente a una emergencia cuando el Servicio Veterinario Oficial los necesite.

Desde la academia también se manifestó disposición para trabajar en la preparación de las nuevas generaciones de profesionales.

vacunación

Uruguay vacuna sistemáticamente contra la fiebre aftosa y nadie puso en cuestión su importancia como herramienta sanitaria. Pero el ejercicio dejó expuesta una tendencia que varios participantes y especialistas señalaron: frente a una amenaza, la primera reacción suele ser pensar en la vacuna.

El problema es lo que puede quedar detrás de ella. Evitar el ingreso del virus, fortalecer las barreras sanitarias, evaluar riesgos, aplicar medidas de bioseguridad, detectar rápidamente una sospecha, notificarla y disponer de capacidad de respuesta son también componentes de la defensa sanitaria.

La vacuna es una herramienta, pero no es la única herramienta, fue una idea que se repitió durante las jornadas. Los grupos discutieron incluso la contracara de la protección: en determinadas circunstancias, la vacunación puede modificar la presentación clínica de la enfermedad y volver más compleja la vigilancia necesaria para demostrar posteriormente que no existe circulación viral.

El debate, por tanto, dejó de ser simplemente “vacunar o no vacunar”. La pregunta pasó a ser qué combinación de herramientas necesita el país para reducir la posibilidad de ingreso del virus y, si esa primera barrera falla, detectarlo y controlarlo con rapidez.

Los especialistas y observadores regionales reforzaron esa mirada: primero evitar el ingreso; después impedir que la enfermedad se establezca mediante bioseguridad, vigilancia y detección temprana; y, finalmente, disponer de todas las herramientas necesarias para responder a una emergencia.

Grupos de sanidad y mercados

La primera jornada separó deliberadamente a los participantes en grupos de Sanidad y de Mercados. La decisión permitió mostrar otra dimensión del problema. Un foco de fiebre aftosa no termina en el establecimiento donde se detecta. Puede alterar en cuestión de horas las condiciones de acceso de los productos uruguayos a los mercados internacionales.

Desde la industria se advirtió que, si un destino se cierra, no existe la posibilidad de trasladar inmediatamente las ventas hacia otro. Construir una relación comercial, conseguir habilitaciones y desarrollar clientes puede llevar años. Por eso, los grupos plantearon que Uruguay debería trabajar también en un plan de contingencia para la protección de mercados, acompañado de una estrategia previa de diversificación.

La comunicación fue considerada parte de esa estrategia. Frente a una amenaza o una emergencia, informar rápidamente, con transparencia y con mensajes coordinados puede ser tan relevante para conservar la confianza de los socios comerciales como las propias medidas sanitarias.

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