(Por Horacio R. Brum desde Buenos Aires). Jorge Luis Borges solía ir contra la corriente de la sociedad argentina en muchos aspectos. Fue un ferviente antiperonista, no sin causa, porque Juan Domingo Perón, en venganza por sus críticas, lo desplazó en 1946 de su puesto de director de una biblioteca municipal, para nombrarlo inspector de sanidad avícola. La izquierda tampoco tuvo mucho cariño al gran escritor, debido a que en 1976 recibió una distinción de la dictadura chilena, y se dice que ese hecho arruinó para siempre sus posibilidades de recibir el premio Nobel de literatura. También fue acusado de simpatizar con los golpes militares en su país, aunque alguna vez dijo: “Estoy contra el fascismo, el marxismo y el peronismo porque esos movimientos son formas del fanatismo y la estupidez”. Todas esas manifestaciones lo pusieron en muchas ocasiones en el centro de las polémicas, pero hay otra faceta del gran escritor que lo aleja aún más de las pasiones y pulsiones de sus compatriotas: su desagrado por el fútbol. Para expresarlo, en varias entrevistas contó una anécdota que tuvo por escenario ese Uruguay al cual tanto cariño tenía. Con el polifacético escritor salteño Enrique Amorim fue al estadio Centenario, a ver un partido Uruguay-Argentina, y resumió así la experiencia: “El fútbol es feo estéticamente… Fui una vez con Enrique Amorim… a ver un match de fútbol. A la media hora nos levantamos y nos fuimos, de aburridos que estábamos”.
Es probable que tales opiniones de Borges no hayan causado, varias décadas atrás, ni un mínimo porcentaje del debate que se está produciendo hoy en Argentina en torno al futuro de la “pasión de multitudes”, cuyos protagonistas principales son el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y alguien que unas fotos viejas muestran como un adolescente de melena despeinada, en uniforme de arquero: el presidente Javier Milei. Al igual que tantos otros aspectos de la vida nacional que Milei, inspirado por su ultraneoliberalismo, pretende cambiar de forma radical, su idea es abrir el deporte favorito de las masas a las inversiones privadas, con el formato que el gobierno denomina Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Como muchas otras ideas del presidente para su “nueva Argentina”, esta no es original; las SAD existen en otras partes del mundo –incluido Uruguay–, y sus ejemplos más exitosos están entre las potencias del fútbol europeo. En términos simples, un club que se convierte en Sociedad Anónima Deportiva deja de ser una asociación de hinchas (en Argentina, su figura legal es la de Asociación Civil sin Fines de Lucro) y pasa a tener propietarios, que no necesariamente pueden sentir afinidad con el deporte, pero sí estar interesados en hacer dinero a través de él. Así llegaron a los clubes más importantes de Europa los jeques árabes y en el caso más notorio, el multimillonario ruso Roman Abramovich, cuya cercanía a Vladímir Putin determinó que el gobierno inglés lo obligara a vender el Chelsea cuando comenzó la guerra en Ucrania. A miles de kilómetros de distancia y de calidad deportiva y ganancias, el año pasado la universidad chilena de Concepción puso su equipo, que es parte de la identidad de la institución y de la ciudad, en manos de Rimoun Hanouch, un empresario automotriz de Dubái. Hanouch ha declarado muchas buenas intenciones a los medios locales, pero solamente estuvo una vez en Concepción y dijo que encomendaría a su hijo para residir allí y encargarse de los asuntos del club.
Si bien en el ambiente internacional abundan las sospechas sobre el origen y los fines de las inversiones en las SAD, la asociación que rige el fútbol argentino parece haber levantado las banderas en contra de ellas para defender sus propios privilegios e intereses, que abarcan lo económico y lo político. Desde 1931, cuando la primera dictadura militar del siglo autorizó la existencia del fútbol profesional, la existencia de la AFA (fundada en 1893) se ha entrelazado con la política. En las últimas décadas, sus presidentes han sido con frecuencia operadores políticos, que negocian con los gobiernos apoyados en la fuerza que les da “el más popular de los deportes”. Por otra parte, el mejor ejemplo de alianza entre la política y el fútbol es el de Mauricio Macri –aliado principal de Milei y partidario decidido de las SAD–, quien de la presidencia de Boca Juniors saltó en 2007 al gobierno de la ciudad de Buenos Aires y de allí a la primera magistratura de la república, para volver al ámbito futbolístico en 2020, como presidente ejecutivo de la Fundación FIFA. La Asociación tiene por ello una autonomía considerable, que se extiende al detalle de los enormes capitales que maneja. Sólo por la victoria de la selección en Qatar entraron a sus arcas 52 millones de dólares. Además, al estar relativamente a salvo del escrutinio público, mantiene prácticas y procedimientos no siempre claros: arma y desarma campeonatos con escasas justificaciones técnicas y este año, por ejemplo, se propone eliminar los descensos de la temporada. La eternización de los presidentes en el cargo es otra característica de su funcionamiento, que ahora está en juego en la pelea con Milei. El jueves 17, el gobierno dispuso que la Inspección General de Justicia (IGJ) suspendiera la asamblea de la AFA que su presidente Claudio Tapia había armado para renovar su mandato, pese a que el mismo vence en 2025, y para rechazar un cambio de estatutos que abriera las puertas a las sociedades anónimas. Con la eventual reelección, Tapia iba a permanecer en el sillón de la pelota más allá del período de Javier Milei en el sillón presidencial, lo que le daba mejores posibilidades de resistir contra las SAD.

El ocupante de la Casa Rosada, entretanto, había emitido un decreto con el cual intentaba obligar a la Asociación a realizar el cambio para admitir las SAD, pero la AFA logró bloquearlo por medios judiciales. En contrapartida, pocos días antes de la asamblea Milei se reunió con Andrés Fassi, el presidente de Talleres de Córdoba, uno de los pocos clubes a favor de las SAD. Fassi fue luego el autor del reclamo ante la IGJ, el organismo que regula la actividad de las organizaciones civiles, con el argumento de que Tapia había armado una lista única, sin dar oportunidad a que se presentaran otros candidatos a la directiva más que los fieles a él. En un contraataque que podría ser un gol en contra, la Asociación realizó la asamblea del jueves, con veedores de la IGJ, y Claudio Tapia fue reelecto por aclamación. De esa manera, la pelota pasa ahora a la cancha del poder judicial. Que la AFA tiene muchas cuentas al debe con los tiempos que corren queda simbolizado por la foto de la lista única de Tapia: perdida entre los muchos hombres, algunos con aspecto de padrinos mafiosos, aparece una mujer pequeñita. Es la presidenta de la liga provincial de Catamarca, la única ocupante de tal cargo en el país y la primera en la organización nacional. El presidente Milei, en su defensa de las SAD, habla de modernizar el fútbol, pero también ese discurso tiene un trasfondo, porque el gobierno necesita inversiones en dólares de todo tipo para mantener su política económica de cambios radicales. Aunque las autoridades continúan publicando balances optimistas, hay empresas de consultoría económica confiables que sostienen que el Banco Central tiene un déficit de por lo menos 5.000 millones de dólares, mayor a lo tolerado por el Fondo Monetario Internacional. A este organismo se le deben 42.000 millones de la divisa estadounidense y el total del endeudamiento público va en camino de superar los 456.000 millones. Mucho antes de atajar pelotazos en la Casa Rosada, Javier Milei integró las divisiones inferiores de Chacarita y San Lorenzo (el club del Papa). En estos días, está por verse si podrá ganarle el partido a la AFA, una institución sobreviviente de todas las tempestades políticas.
