“Melodrama” es una mala palabra para gran parte del público y la crítica. Historias en que se hace un excesivo uso de lo sentimental, donde se busca a cada paso “emocionar” y no siempre con los recursos más honestos, sino también con golpes bajos que hacen pensar más en una telenovela de segunda (o tercera, o cuarta) que en una película.
Sin embargo, todo eso tiene una contracara y ese otro lado es la funcionalidad. Si en el relato que estamos viendo ese llamado a la emoción y el sentimiento funciona, bueno, ahí el que se le vea la pata de la sota ya no es tan importante.
Como si la verdadera carnadura emocional justificara cualquier exposición de los sentimientos que, en otro caso, hubiésemos tachado de falsa y manipuladora, cuando nos llega al corazón, digamos que entran a contar otras cosas y no tanto el análisis racional.
Todo eso ocurre en la película indonesia Una carta a mi juventud. Un hombre exitoso pasa por una separación con su familia luego de volverse sobreprotector y obsesivo con su hija pequeña –ya se verá porqué–. Al mismo tiempo, fallece una figura paternal muy importante de su pasado y, en el viaje hacia el velorio de esa persona, el personaje recuerda su estadía en un horfanato y como esa persona ahora fallecida fue un puntal para sacarlo de una vida de resentimiento y rencor.
Claro, dicho así podemos estar hablando de cualquier teleteatro o película dirigida a sacar lágrimas fáciles de espectadores más acostrumbrados a emociones baratas que al buen cine, pero no. Lo que consigue el director debutante Sim F. es un relato donde se puede palpar la sinceridad en lo que narra. El joven rebelde al que nadie elige para adoptar (notable Theo Camilo Taslim) parece un caso perdido y está a punto de ser expulsado del horfanato. Pero el nuevo encargado, un veterano aparentemente apático y sin gracia (también excelente Agus Wibowo), ve en él algo que los demás no ven. Se ve a sí mismo.
Él también fue un huérfano al que nadie elegía y, año tras año, reunión tras reunión y encuentro tras encuentro, le costó un triunfo encontrar una familia. Así que no da al “rebelde” por perdido.
La película es, entonces, el salvataje vital y emocional (o no) de ese joven. Paralelamente, la ya larga vida del personaje del encargado del horfanato también tine sus secretos y grandes dolores, por lo que no todo se desarrolla con placidez, ni de un lado ni del otro.
Sim F. quiere también que su película guste a todo el mundo y no deja de tener sus personajes y situaciones a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que podrían ser un lastre para el filme, pero que incluso en los momentos más cursis se salvan a veces por la frescura del elenco, otras por la simpatía con que se cuentan y, más que nada, porque, como decía, todo suena sincero, nada es impostado ni falso.
Sin querer descubrir nada nuevo y a caballo de un género que podía dar incluso para odiar la película, el realizador y su elenco hacen que quien la vea termine descubriendo que, así como el personaje principal tiene la posibilidad de un cambio, también como espectadores tenemos la oportunidad de que una película así tenga la chance de emocionarnos genuinamente. Además es una prueba de que incluso en Indonesia, país del cual estamos más acostumbrados a ver películas de terror o de acción, el abanico de propuestas cinematográficas puede ser amplio y variado. Así el cine sale ganando. Y el espectador también.
Fabio Penas Díaz