Un globo demasiado tenso

A priori no parecen tener mucha relación entre sí un barco gigante atravesado en el Canal de Suez y un joven ciudadano de un país “X”, sin ningún tipo de tradición futbolística.
El 23 de marzo pasado, el buque Ever Given, un mega portacontenedores de bandera panameña, operado por la empresa Evergreer encalló en el Canal de Suez en circunstancias aún no aclaradas, atribuidas inicialmente a una tormenta de arena, aunque hay otras sospechas al respecto. El accidente de la nave ocasionó el bloqueo de la vía navegable durante 6 días, lo que trajo como consecuencia pérdidas estimadas en miles de millones de dólares y un impacto que podría sentirse durante meses en la economía global, por diferentes factores.
Un análisis de la situación, realizado por Peter S. Goodman para el New York Times, pone foco en la dependencia que tiene la economía de las cadenas globales de suministro, un mecanismo logístico que permite a grandes empresas alrededor del mundo ahorrar dinero evitando ocupar espacio, es decir, teniendo la mercadería en circulación en los contenedores.
El bloqueo del Canal de Suez puso esto en evidencia, retrasando las entregas previstas y desfasando no solamente la entrega de mercaderías, sino también la entrega de insumos para la fabricación de nuevas mercaderías. Esto ocasionó por ejemplo que en Europa algunas plantas armadoras de automóviles debieran detener su actividad por la falta de componentes que debían llegar desde Asia en una fecha determinada, y no lo hicieron.
Hay otros factores que están operando simultáneamente y que son importantes para entender la escena. Hoy el mundo está viviendo también una crisis de microchips, debido al fuerte incremento en la demanda que se generado en los últimos años. Hace décadas que las fabricantes de electrónicos europeas y estadounidenses desplazaron hacia el continente asiático la fabricación de estos componentes, por lo que pasaron a depender de las cadenas logísticas, bajo el esquema de diseño occidental-fabricación oriental. Claro que los orientales también tienen sus propios diseños, pero los fabrican ellos mismos, quién más; aún haciéndolo en el extranjero para aprovechar regímenes aduaneros especiales, como ocurre en Tierra del Fuego, en Argentina, o en Manaos, en Brasil. Si hay pocos, y encima llegan tarde, el precio sube.
El otro factor es la pandemia de COVID-19, que ha ocasionado una escasez de contenedores; sí, de esas cajas metálicas que acá en nuestro país están cobrando una segunda vida en la industria de la construcción, cuya función original es el traslado de mercaderías a bordo de grandes barcos, que por su facilidad de trasbordo intermodal (de camión o del tren a un barco mediante una grúa) cambiaron radicalmente el comercio internacional desde los años 50.
Acá hay que considerar que a raíz de la pandemia hubo un fuerte incremento en la demanda de diversas mercaderías (principalmente electrónicas y de aparatos para ejercitarse en casa, pero también impresoras y monitores de computadora para convertir los dormitorios en oficinas; así como equipos de repostería y juguetes para entretener a los niños encerrados en casa) desde los países desarrollados, pero en este caso especialmente Estados Unidos, a raíz del confinamiento, que ocasionó que los puertos de la costa Oeste se saturaran y que a la vez enfrentaran problemas de ausentismo laboral, tanto por los contagios como obligados por el cierre de centros educativos. El enlentecimiento de los tiempos de operación en el puerto hizo que la disponibilidad de contenedores esté en estos momentos por debajo de la demanda, y ese corrimiento se agravó con el lío del barco en el Canal. Más demora, más plata perdida.
Los barcos son los nuevos galpones del mundo. Cuánto costaría tener toda esa mercadería estoqueada en tierra. Ese ahorro se traduce en beneficios, salvo que ocurra algún imponderable que haga que se corte la cadena de entregas, algo como un barco atravesado en la principal vía comercial del globo.
Pero veamos la otra parte de la afirmación el comienzo. Esta semana un grupo de 12 clubes europeos pateó fuerte el tablero al anunciar que van a conformar una Superliga en la que competirán ellos, otras tres instituciones a las que invitaron y cinco equipos más, que clasificarán por méritos deportivos.
¿Cuáles son esos clubes?, pues los que mueven el negocio del fútbol a escala global, instituciones como el Real Madrid, el Barcelona, el City y el United de Manchester, el Liverpool, Inter y Milan de Milán, el Juventus de Turín; es decir, los grandes entre los grandes de las ligas europeas, esos que venden camisetas y compran jugadores y clubes a lo largo y ancho del planeta (camisetas que se fabrican en Asia, por cierto, pero no es por ahí por donde viene esto).
La fundamentación de por qué estos clubes crean esta Superliga la presentó en una entrevista con el programa de TV español El Chiringuitio el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez.
El objetivo, planteó, es “hacer partidos más competitivos y atractivos para paliar el dinero que se ha perdido”, y situó aún más el tema en que la intención es atrapar a un público objetivo muy específico: los jóvenes, los que, justificó, se han alejado del deporte.
“Hay muchos partidos de escasa calidad y ellos se van a otras plataformas. Lo que es atractivo es que juguemos los grandes. Ahora la Champions (League, la “Copa Libertadores” de Europa) es solo atractiva a partir de cuartos de final. El resto, muy poco. Nos toca contra equipos modestos que no tienen atractivo. Los jóvenes prefieren entretenerse de otra manera, dicen que un partido se les hace muy largo. A lo mejor hay que acortarlos”, expresó Pérez.
Es decir que para el presidente del Real Madrid (y ahora de la Superliga) es una opción acortar los partidos de fútbol para tratar de mantener enganchado a la transmisión televisiva a un joven ciudadano de un país “X”, sin ningún tipo de tradición futbolística, que solo se acercó por la novedad que supuso para él hace algunos años, pero que ahora simplemente prefiere entretenerse con un mundial de videojuegos online.
Para frenar eso Pérez considera una opción admisible hacer más cortos los partidos de fútbol (luego, tal vez, vendrán los efectos especiales).
Al fin y al cabo, el problema no es que un barco se salió de curso, o que a los muchachos menores de 20 años se les haga muy largo un partido de fútbol; el problema es que el mundo se ha vuelto un lugar demasiado complejo y ahora todo tiene que ver con todo.

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