Escribe Ernesto Kreimerman: “Una mentira contada por un idiota llena de ruido y furia”

En Estados Unidos, hace ya unas cuantas elecciones que los asesores en comunicaciones suelen apelar a una vieja y torpe consigna: Trump, al hablar la semana que acaba de terminar en un mitín de campaña frente a sus seguidores que le escuchaban maravillados, deslizó varias mentiras. Pero no es el único que ofrece a su audiencia los azotes de la impunidad de los testimonios descalificadores, que se plantean desde las “descalificadores de riesgo”.

Las campañas de mentiras y provocaciones existieron siempre, más o menos encubiertas, más o menos desembozadas. Pero lo que no contaban es que las estrategias de las mentiras y descalificaciones podrían alcanzar cierto nivel de sofisticación y muchos entrelazamientos. Incluso, cierto estatus. La última mentira tuvo lugar en un acto de campaña, en Michigan, donde el ahora candidato y expresidente Donald Trump lanzó la siguiente fantasía: “Kamala ha gastado todo su dinero de FEMA, miles de millones de dólares, en viviendas para inmigrantes ilegales”. FEMA, es la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, por sus siglas en inglés.
Trump ha mentido mucho y de muy variados asuntos, por lo que la primera reacción del público es sorprenderse y luego, con una ligera mueca, descartar la veracidad de una historia así. No es menos cierto, que un sector de los asistentes, preferirá dar por cierta la historia. La revisión de estas cuestiones está en las consultoras del tipo de PolitiFact, que encabeza Bill Adair, quien nos ofrece un cuidadoso análisis sobre el particular en su recién publicado libro, “Beyond the Big Lie”, donde analiza cómo las mentiras y los mentirosos se han apoderado del debate público. En los últimos 17 años ha estado calificando las declaraciones de los políticos, sometiéndose a una última verificación. Muchos de estos casos han sido expuestos en este libro.

Sobre ese hecho puntual, seguramente el gran dramaturgo y poeta inglés habría repudiado esa versión. Su más inmediato argumento: la respuesta a la pregunta anterior es, por supuesto, no. Como hubiera respondido William Shakespeare, es una mentira “contada por un idiota, llena de ruido y furia, que no significa nada”.

Pero la vida y la obra de Shakespeare revelan la comprensión del alma humana. Para algunos estudiosos de su vida y obra, éstas están radicalmente vinculadas entre sí. El arte de las palabras tiene el don de descubrir algunas ideas esenciales, espirituales, sin forma, moldeables. Bien podría decirse, entonces, que la cuestión suprema de una obra de arte es desde qué profundidad de vida reaparece. También, se descubre en las discusiones de los personajes, visiones descarnadas de otros personajes.

Algunos estudiosos de los medios de comunicación, especialmente de los Estados Unidos, como el ya referido Adair, advierte que el caso de Trump, dado su permanente apelación al uso y abuso de las mentiras intencionales, exige un cuidado más atento para no desviar la atención o simplemente equivocarnos.
El poder de las mentiras para destruir la reputación de alguien es demasiado grande para no reaccionar. La conducta política de Trump ha forzado a abandonar la hipocresía del eufemismo y a admitir como real lo que de antemano sabemos que no lo es. Es que mentir, para Trump, es una labor naturalizada, incluso reflexiva, que hace ya mucho tiempo no necesita apelar a un vocabulario degradado para promover titulares y al mismo tiempo difamar a aquellos a los que considera inconvenientes para sus objetivos.

Bill Adair nos advierte que esta etapa del tiempo ético deteriorado tiene aún largo aliento. Con cierta lucidez y también cierta resignación, Adair confieso que “desafortunadamente, mentir paga dividendos en el universo actual de televisión, radio y redes sociales partidistas, y para una base política cómplice manipulada por consultores sofisticados y a veces inmorales. La verificación de mentiras ha tenido que convertirse en una industria, pero no puede seguir el ritmo. Lo que se necesita es más verificación de hechos, lo que significa más dinero y más personal, y que los estadounidenses exijan que se detenga la mentira” (Kathleen Parker, del Washington Post).

La mentira, a qué más…

La herramienta de la mentira como recurso político de uso recurrente, ya no excepcional, va asociado a otros factores críticos de la acción pública. PolitiFact generó una herramienta, más bien una metodología, para evaluar concienzudamente la rigurosidad de una afirmación, cuánto de verdad y de mentira contiene, y así validar, ratificar, rectificar o, simplemente, descartar.
Es que en las últimas décadas las mentiras políticas han hecho historia, y deteriorado el debate político, la calidad institucional de la democracia. Richard Nixon, que debió renunciar acosado por el trabajo del periodismo de investigación, cuando mintió sobre el robo de Watergate a las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata.
De allí que los politólogos estadounidenses coinciden en que Trump no es mentiroso casual, sino una suerte de beneficiario de una cultura de acción pública, de una cultura de mentiras, naturalizada pacíficamente de la mentira como algo que nada tiene que ver con la ética.

Por ello, Adair concluye en este último libro, que “la decisión de mentir es una simple ecuación matemática: es probable que gane suficientes puntos con esta mentira para que supere cualquier consecuencia que pueda tener de los votantes/donantes/los medios de comunicación”.

Un último detalle, esencialmente estadístico, que Adair no deja escapar: “los republicanos mienten más que los demócratas”. Y, en nuestra política, ¿cuánto se miente, ya sea para argumentar o para atacar vilmente? No olvidar que está el pecado del creador de las mentiras, pero también pecan los bien dispuestos a aceptar, de buena gana, una mentira descalificadora dirigida a nuestro contradictor, con tal de facilitarnos la reducción del debate a un mero cruce de acusaciones no fundamentadas, en vez de un debate de ideas y de verdades verificadas.
La degradación de la institucionalidad democrática no es un camino a recorrer ni a aceptar resignadamente, y el sistema todo debe reaccionar. La pérdida de derechos no sucede repentinamente, sino que es una lógica de erosión del sistema democrático.

Mentirosos hay por doquier, como también ciudadanos dignos. Lo importante no es lo que hacen los malos, sino lo que hacen los buenos, para cerrarles el paso y reforzar la calidad democrática del país.