Al cabo de este año del que transcurrimos ya el segundo mes habremos visto pasar la cuarta parte de este Siglo XXI, del que sería bueno poder consultar a Discépolo por un calificativo, si consideraba al XX como “problemático y febril”; y eso que Cambalache vio la luz en el 1934 apenas, le faltaba ver una feroz guerra, la bomba atómica, el hombre en la Luna, la televisión, y tantas cosas que vinieron después. Qué diría, o qué no diría, de este Siglo XXI de la Inteligencia Artificial y los objetivos de desembarcar en Marte ahora nomás, dentro de algunos años.
En cinco años más estaremos en 2030, una fecha que, asociada a la palabra “Agenda” está en boca de buena parte del Mundo, por un lado de las Naciones Unidas y los estados asociados, que han definido una serie de objetivos para ese año, y por otro lado por una masa conspiranoica que le puso un cartel con el mismo nombre a todos sus temores por planes de dominación de parte de las élites. Pero eso es tema para otra columna. Por acá estaremos celebrando los cien años del primer Mundial y recibiendo un partido válido por la Copa del Mundo de ese año.
A falta de solo cinco años para ese año es cuestionable que se puedan cumplir aquellos objetivos trazados en 2015, cuando se alcanzó el plazo definido para los Objetivos de Desarrollo del Milenio, objetivos que tampoco entonces fueron cumplidos. Y aunque siempre queda la lectura optimista que refleja aquella frase de Eduardo Galeano de que la utopía sirve para caminar, que aunque no se hayan cumplido los objetivos, se caminó hacia ellos y gracias a esto la humanidad vive mejor. Es un consuelo, y hay que ver también si es cierto que el Mundo haya visto mejoras en este lapso.
Claro, no podemos obviar el gran elefante blanco en el salón: en este período sobrevino la pandemia, con todo lo que supuso en materia de retroceso en varios de los aspectos, y las lesiones que ocasionó en las economías de los países, principalmente en los más pobres del planeta, y ocasionando una reorganización, cuyos efectos todavía no tenemos muy claros, pero en la que ciertamente ha sido China —que ya se había convertido antes en el motor económico del Globo— la potencia que ha salido mejor posicionada —y que no se interprete esto como una atribución de intencionalidad o de responsabilidad en el inicio de la pandemia, porque no es esa la intención, simplemente es la observación respecto a que China salió mejor parada tras la crisis sanitaria mundial—.
En este mismo tiempo Estados Unidos nos ha enviado imágenes como a las que no se atrevió ni su propia industria del cine, la más creativa y pródiga en el uso de los efectos especiales: un hombre disfrazado y pintarrajeado tomando el Capitolio, tomando la casa de la Democracia en el país de la Democracia, y el hombre que fue condenado por instigar estos hechos, cuatro años más tarde, vuelto a colocar en el sitial de mandamás y peleándose a golpe de aranceles y amenazas inquisitorias con vecinos y aliados, y dando la espalda a los instrumentos internacionales que el propio Estados Unidos creó en su momento para asegurar simpatías y amistades a lo largo y ancho del planeta. Borra con el codo su actual presidente una larga historia de liderazgo mundial. No es un mero cambio de estilo, es un giro radical en la política internacional. Y en Europa, mientras tanto, parece que ha vuelto a llover y, parafraseando a Sabina, su ropa vuelto a mojar. Es llamativa la falta de voces, ya no que hagan frente, pero que al menos relativicen de alguna forma este panorama. Será que es tal la dependencia.
Volviendo a los objetivos, un artículo de blog en la página del Banco Mundial —blogs.worldbank.org—, firmado por Indermit Gill y Ayhan Kose, más que advertir que la cosa viene mal, sostiene que no se van a cumplir estos objetivos y que se necesita un nuevo modelo estratégico para las economías en desarrollo. De hecho ese es, en forma de pregunta retórica, literalmente el título del artículo: “Por qué las economías en desarrollo necesitan un nuevo modelo estratégico”.
“Las previsiones de crecimiento a largo plazo para las economías en desarrollo son las más débiles desde principios de siglo, de acuerdo con la edición más reciente del informe del Banco Mundial, Perspectivas económicas mundiales. Sin una mejora sostenida de las tasas de crecimiento, es probable que solo “seis de los 26 países de ingreso bajo actuales alcancen la categoría de ingreso mediano para 2050. De aquí a 2030, 622 millones de personas seguirán viviendo en la pobreza extrema. El hambre y la malnutrición seguirán siendo el destino de aproximadamente el mismo número”. Y aunque reconocen que las economías en desarrollo habían empezado el siglo en una trayectoria que hacía pensar en que se encaminaban a reducir la brecha de ingresos con respecto a las economías más ricas, hoy se están quedando más rezagadas y la mayor parte de las fuerzas que impulsaron su auge se han disipado. Para colmo de males aparecieron “fuertes vientos en contra: débil crecimiento de la inversión y la productividad, envejecimiento de la población en casi todos los países salvo en los más pobres, aumento de las tensiones comerciales y geopolíticas, y los crecientes peligros del cambio climático”. Es interesante este diagnóstico que da lugar a un planteo en el desarrollo del artículo —al que se accede desde el Código QR— que apunta a que los países menos favorecidos deberían encontrar un “camino propio” y reducir la forma en que su suerte depende de la de las principales potencias. Como si fuese tan fácil.
En fin, que con Objetivos de Desarrollo y con Agenda 2030 —de la buena o de la mala— el hambre en el mundo se incrementó un 10%, y está más lejos de desaparecer de lo que estaba en 2015 y, a decir de los dos firmantes del artículo, los próximos 25 años serán más complicados que los que acabamos de transitar. Para colmo de males la gran esperanza parece estar puesta en la Inteligencia Artificial como remedio para todos los males, en un escenario en el que se disputan su liderazgo los países más encumbrados y en el que un tercio de la población mundial no tiene siquiera acceso a internet. No hace falta preguntar al ChatGPT o al Deepseek si estos que no se conectan viven en China, Estados Unidos o el África Subsahariana.

