Qué ver: Linda, en Disney+

Cuando se quiere hablar un poco sobre la película argentina Linda, hay que hacer dos aclaraciones. Una es sencilla; la directora se llama Mariana Wainstein, pero no es la directora de Cultura de nuestro país, sino que es una realizadora argentina con el mismo nombre. Conviene aclararlo porque en muchos lugares, cuando se informa sobre la directora, aparece la foto de nuestra directora de Cultura y es un error.
La segunda aclaración es más difícil, y más que aclaración es un consejo para poder ver y –si se quiere– profundizar en qué es el cine con cierta seriedad y sentido común.
Porque Linda está protagonizada por Eugeina la “China” Suárez y su reciente exposición mediática no tendría que salpicar para nada lo que es su trabajo como actriz. Es decir, su vida personal puede ser una montaña rusa de chismes baratos y escándalos, pero eso es una cosa y su trabajo en esta película, es otro.

Algo que siempre ocurrió en el mundo del cine y, como tenemos a la farándula argentina tan cerca, es un tema que, al estar en boca de todos, puede llevar a pensar que esa vida privada tan ajetreada puede ser todo lo que una persona es, y no es así.
Y pierdo tiempo aclarando eso porque, para ser justos, la actuación de la China Suárez en Linda es realmente muy buena. Más teniendo en cuenta que está al lado de intérpretes del calibre y experiencia de Rafael Spregelburd o Julieta Cardinali.

La historia es la de una empleada que va a suplir a una amiga en la casa de un adinerado empresario. Nada pasaría si esa empleada no tuviera la cara y el físico de la China Suárez. Porque la belleza y seducción de esa mujer lo cambia todo. Lo pone todo de cabeza, digamos. No solo por ser hermosa, sino también por otro motivo clave que es en algún momento explicitado por algún personaje; esta nueva empleada “no parece una empleada”. ¿Clasismo? Por supuesto. Todo va por ahí en la película de Mariana Wainstein. Cómo la llegada de una persona extraña y con un aspecto que no concuerda a su profesión, puede causar que la aparente felicidad de una familia se revele llena de inseguridades y lagunas vivenciales.
Puede que alguno quiera objetar que es algo ya hecho. El modelo a recordar es, por supuesto, Teorema, la película italiana de la década de los ‘60 en la que un extraño llegaba al seno de una familia y seducía a todos sus integrantes.

Linda no llega tan lejos, pero anda muy cerca. Las intenciones de la protagonista no son la de destruir nada, es, en el fondo, una víctima también de su propia belleza. Crea una revolución sin quererlo. Aunque se sienta atraída solamente por uno de los integrantes de la familia, todos la desean. Lo que es lógico por una parte y totalmente incómodo para la vida diaria por otro.
Así es, entonces, una película de apariencia muy atractiva pero también removedora. Los apuntes sociales de los diálogos son muy precisos y naturales, como los que la protagonista tiene con la hija de la familia, o las puestas en claro con el hijo.

Lo de la relación con el padre y la madre ya es harina de otro costal. Ahí es cuando el espectador puede pensar que está viendo más una película de suspenso que un drama y así lo construye la directora. Peldaño a peldaño y paso a paso todo puede terminar estallando en mil pedazos.
“Filmar las escenas de asesinatos como si fueran de amor y las de amor como si fueran asesinatos” decía Hitchcock. Quién sabe si fue ese el mandato que siguió Mariana Wainstein, pero el resultado va por ese lado y deja con muchas ganas de ver qué hace en el futuro.

Fabio Penas Díaz