La anunciada reconfiguración del proyecto de la planta de e-Combustibles de HIF Global en Paysandú, incluso con reducción del 35 por ciento de su superficie respecto al diseño original, así como la reubicación de sus chimeneas hacia el noreste, es un paso que corresponde calificar como positivo si tenemos en cuenta que de esta forma se atienden cuestionamientos, reparos e interrogantes surgidos desde diferentes ámbitos, a la vez que paralelamente se mantiene en todos sus términos el proyecto respecto tanto en la parte productiva como en el monto de la inversión y la consecuente provisión de empleos, de acuerdo a lo que se indicara por la empresa.
Es decir, por un lado se contemplan planteos surgidos desde la vecina orilla en cuanto a la afectación de la visual para el turismo de sol y playa, al reducirse su visibilidad desde las afueras de la planta, atendiendo la demanda de empresas turísticas de Colón, a la vez que esta nueva configuración disminuye en un 70% la intervención sobre el monte nativo y aumenta el área de reserva de biodiversidad a 260 hectáreas. De acuerdo a fuentes consultadas por EL TELEGRAFO, el nuevo diseño es posible gracias a un esfuerzo de reingeniería y a la incorporación de tecnologías que permiten una mayor eficiencia en el uso del espacio y los recursos.
Así, uno de los cambios técnicos establece el reemplazo del sistema de circuito cerrado por un sistema de torres de enfriamiento, que permite reducir la superficie construida manteniendo niveles sostenibles de consumo de agua, en tanto también en relación con el proyecto, el Ministerio de Ambiente aprobó la Evaluación Ambiental Estratégica del Programa de Actuación Integrada Complementario (PAIC-HIF), lo que es un espaldarazo en cuanto a garantías adicionales de inocuidad para el emprendimiento.
Estas modificaciones contemplan algunos de los reparos surgidos sobre todo desde grupos ambientalistas –algunos sensatos, otros no, por su índole fundamentalista– y da la pauta de que es posible incluso mejorar la ecuación costo – beneficio de la incorporación de la planta, que es la mayor inversión de la historia en el Uruguay, y ni qué decir para Paysandú y la región.
Tampoco debe llamar a sorpresa, desde que nunca se trató de un proyecto definitivo, y por ende siempre ha sido perfectible. Es a la vez un dato auspicioso acerca de la buena disposición y responsabilidad empresarial para seguir adelante con el emprendimiento pese a los cuestionamientos que siempre surgen a partir de este tipo de proyectos, algunos por parte de grupos intolerantes que en su visión fanatizada no admiten siquiera que se cambie una piedra de lugar, y otros que sí se hacen con un sentido racional y atendible en cuanto al origen de la controversia. Incluso mediante una campaña de recolección de firmas, los grupos han procurado frenar la instalación de las denominadas plantas de hidrógeno verde en la región de Paysandú, y según los organizadores estas plantas, promovidas como una solución sostenible, podrían traer consigo más perjuicios que beneficios para la región, incluyendo la posible contaminación de recursos naturales y el impacto en las comunidades locales.
Los cuestionamientos se enmarcan en la denuncia de que se está ante un saqueo de los recursos naturales, mientras que los inversores sostienen que se trata de proyectos que incorporar medidas extremas de prevención para no afectar el ecosistema, a la vez que aprovechan en forma inocua los recursos naturales y se generan fuentes de empleo directos y en infraestructura de apoyo.
Más allá de este proyecto puntual de producción de hidrógeno verde, existe una dicotomía que desde hace mucho tiempo se ha instalado en el país, y que hasta ahora, con gobiernos de todos los partidos, no ha sido felizmente obstáculo para que igualmente se instalaran en el Uruguay inversiones que, como el caso paradigmático de la madera, han significado un antes y un después en zonas del interior profundo, porque a la vez no se han cumplido las catástrofes pronosticadas por los agoreros de siempre en base a sus eslóganes fundamentalistas.
Entre otras iniciativas, se cuestionó severamente en su momento por estas organizaciones la aprobación en la década de 1980 de la Ley de Desarrollo Forestal y de los consecuentes emprendimientos que traería aparejado la implantación de bosques con destino a su industrialización, sobre todo la instalación de las plantas de celulosa que se encuentran hoy en funcionamiento en nuestro país, lo que a su vez fue acompañado y potenciado por colectivos ambientalistas entrerrianos.
Pero el ciudadano común que no forma parte de estos grupos activistas, y sobre todo los gobernantes, tienen ante sí el derecho y el deber de informarse y analizar ponderadamente y con sentido común los pro y los contra de este tipo de emprendimientos, dejando de lado el ruido y la confusión que pretenden los argumentos tremendistas sobre los “saqueos” de nuestros recursos naturales, en este caso también la presunta contaminación del agua y el ecosistema, para situar las cosas en sus reales términos.
Porque no hay actividad humana que no implique cierto grado de contaminación, hasta “visual”, como en este caso, y de lo que se trata es de preservar el ecosistema en el marco de una ecuación costo-beneficio que debería tener el segundo factor como ampliamente favorable, desde varios puntos de vista.
En el tema que nos ocupa, el factor revulsivo y determinante es que el proyecto HIF Global contempla una inversión global del orden de los cuatro mil millones de dólares, correspondientes a 1985 millones para la producción de la planta propiamente dicha, con vista a la captura de CO2, la producción de metanol y la terminación del combustible sintético.
A esta inversión hay que agregarle una inversión adicional de 2.000 millones de dólares para la instalación de parques eólicos, granjas voltaicas y líneas de transmisión eléctricas en un radio de hasta 180 kilómetros de la ciudad de Paysandú, con las consecuentes perspectivas de fuentes de trabajo durante y después de la construcción de la planta, así como el reciclaje de recursos naturales y generación de energía categorizadas como ecológicas en el ámbito internacional, en todos los casos con cadena de apoyos en infraestructura que también implica recursos y plazas de trabajo.
No hay mucho margen para la cuando de lo que se trata al fin de cuentas es de discernir entre planteos bien fundados y atendibles y extremismos al grado de pretender que siempre se deje todo como está, argumentando que la naturaleza es sabia y por algo las cosas son así desde siempre.
Y como decíamos en anterior editorial sobre esta misma problemática, siempre corresponde dejar margen para rectificar detalles a tiempo –un ejemplo son estas modificaciones a la propuesta original– porque este es el sentido de contemplar el interés general por encima de los conflictos de intereses y los grupos de presión.

