Celebramos este próximo 25 de agosto los 200 años de la Independencia de nuestra patria más allá de las discusiones históricas es un mojón en el tiempo que es bueno recordar.
Agradecer el pasado, vivir con pasión el presente y con esperanza el futuro es tarea de todo este pueblo, en el que los discípulos de Jesús estamos presentes desde el origen de la nación oriental.
Desde el inicio de la nación, la Iglesia fue factor de civilización y progreso: desde el norte, con el influjo de las misiones jesuíticas y desde el sur con los franciscanos y dominicos haciendo los primeros intentos de reducciones, enseñando los rudimentos de la domesticación del ganado y de la agricultura, impulsando las primeras industrias, trayendo poco después las primeras escuelas.
En nuestra historia destaca la figura de José Artigas. Los orientales nos sentimos herederos de su legado. La herencia artiguista está imbuida de sentido cristiano: soberanía de los pueblos, libertad, justicia, compasión con los más pobres. Su figura destaca entre los héroes de América.
Formado en la escuela franciscana de Montevideo, el espíritu de san Francisco lo acompañó desde la cuna.
Durante la dura dominación imperial varios patriotas orientales dirigidos por uno de los tenientes de Artigas, Juan Antonio Lavalleja, prepara desde Buenos Aires una expedición para liberar la Banda Oriental del poder extranjero.
La Asamblea de los representantes de los pueblos se reúne el 25 de agosto de ese año 1825, para declarar la independencia de la Provincia Oriental. Luego todos juntos, con el Pbro Juan Francisco Larrobla, cura de Canelones y presidente de la Asamblea, van hasta la Piedra Alta para proclamar a todos los vientos la libertad de la patria.
Se dirigen luego a la pequeña capilla para dar gracias y pedir por la patria ante la pequeña imagen de la Virgen que desde entonces conocemos como Virgen de los Treinta y Tres.

