“La cólera canta, Diosa, del Pélida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al Hades muchas valientes vidas de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros y para todas las aves (y así se cumplía el plan de Zeus) desde que por primera vez se separaron tras haber reñido el Atrida, soberano de hombres y Aquiles, de la casta de Zeus”.
La ira de Aquiles en “La Ilíada” termina de manera significativa y trágica. Pero es Aquiles, conmovido por las palabras de Príamo y recordando a su propio padre, quien finalmente accede a devolver el cuerpo de Héctor para que pueda recibir un entierro digno. Es precisamente ese acto de compasión y respeto que marca el final de la ira de Aquiles, enseñando que incluso en medio de la guerra y la venganza, la humanidad y la empatía pueden prevalecer.
Son tantos los atajos que nos sumergen en esta espiral inacabada de violencia e insensatez en que se ha sumergido a Medio Oriente, que cualquier buena causa se cuestiona cuando el trayecto para alcanzar el noble destino se entrelaza con la barbarie y la tragedia. El largo derrotero del que emerge el anhelo de un futuro estimulante, nada vale si en ese tránsito se nos cubre de sangre la brújula que debía marcarnos el camino. Y entonces, todas las derrotas de miles de años, de largas y dolorosas centurias, se opacan nublándonos la compasiva mirada que hermana y en su lugar se levanta desafiante y temblorosa la hoja de aquella espada que sólo pedía venganza. Tiempos de cólera.
En el 2003, Susan Sontag escribió en su libro “Ante el dolor de los demás” algo que hoy cobra un sentido más severo: las imágenes del sufrimiento “nos colocan ante una realidad que quisiéramos no ver, pero cuya existencia se nos impone”. Hay algo de aquello de la banalización del mal, en una lógica de espectáculo, sin sentido humanitario, sino propagandístico. Este concepto lo rescato de un texto de Darío Teitelbaum, que me llegó vía email.
¿Adónde nos lleva tanta barbarie? Si no rescatamos los valores fundacionales que nos trajeron hasta aquí, ¿qué nos conmueve para ofrecer futuro y reconstruirnos desde las mismas raíces? Pisando las mismas arenas, quemándonos bajo el mismo sol, acunamos nuestras historias, de cada uno, que aunque distintas caben en la inmensidad de aquel suelo sagrado cargadas de epopeyas, de desgracias y tragedias, tanto del pueblo de Israel como de Palestina. Es que de modos propios, y desde cada identidad, podríamos aprender a convivir, como tantos otros con menos santidades. Ni los radicalismos ni los terroristas, racistas ambos, pueden marcarnos el rumbo.
En esos desiertos caben nuestros oasis y la fecundidad intensa de nuestras liturgias milenarias, humanistas. Pero no puede haber lugar para los rencores ni tampoco para el ojo por ojo. No son tiempos para reciclar la ley del talión. Jamás invocaré una ley así, donde el sentido del castigo más que impartir justicia, era dar rienda suelta a sentimientos de venganza.
Resulta inadmisible, retrógrado y regresivo restaurar la barbarie, la promoción de la violencia enredados en un ciclo perpetuo de represalias. Mahatma Gandhi advertía que del “ojo por ojo el mundo quedará ciego”. Pero no estamos hablando de metáforas. Estamos retorcidos de dolor por tanto terrorismo, tanta impunidad y tanta muerte.
La descontrolada violencia desatada a partir del 7 de octubre de 2023 es un punto de horror. La magnitud del ataque terrorista aún continúa, porque aún hay secuestrados por retornar. ¿Tanta sangre inocente no ha servido de inspiración para dar paso a una alternativa más propia de este tiempo civilizatorio? Este milenio nos está sometiendo a una involución devastadora.
Aunque hay casi sesenta guerras en desarrollo y algunas hasta con más violencia, ésta es la que está sobre diagnosticada. Sobran los eruditos del desconocimiento y por eso es preciso devolver la tutoría de una solución a un espacio multilateral comprometido, que establezca de manera inmediata el cese de toda acción bélica y la vuelta a casa de las fuerzas militares israelíes abandonando Gaza. Sin excusas ni postergaciones. De inmediato. Y concomitantemente, el intercambio definitivo de secuestrados y prisioneros. Los Acuerdos de Oslo son aún una referencia para ir hacia la meta de dos estados, constituidos de pleno derecho y conviviendo con fronteras seguras.
Fin de la guerra y retiro de las tropas a sus puntos de origen. Desarme inmediato y disolución de Hamás. Supervisión de estas acciones de parte de otra alianza para la paz, diversa, que construya confianzas.
Verificación de fuerzas internacionales de garantías, en especial, para preservar radicalmente el derecho del estado de Israel a su seguridad y su continuidad histórica, del mismo modo para la Autoridad Palestina, ambos como interlocutores únicos de pleno derecho y representación de uno y otro estado. También es una necesidad fundamental la realización de elecciones democráticas a la brevedad. Obvio, son componentes esenciales de una transformación que es impostergable. Todo no sucederá de una, pero debe empezar ahora.
Cuando todo se parece a un mar de lava que baja desde lo más alto de la montaña, temeraria, incandescente y destructora, aunque dejemos claro que todo esto nos indigna y nos duele, más allá de donde esté nuestro corazón, es necesario, imprescindible, con serenidad y humanismo, reclamar a todos, sin salvedades, actuar inspirados en los más altos valores. Nuestros corazones, el de casi todos o todos, están del lado de la búsqueda de una sociedad mejor, sustentada en la fe en el hombre y no en las armas, para hacer efectivamente de la tierra un lugar mejor para vivir. Pero las cosas hace mucho que no han sucedido así. Como escribió Ethel Rosenberg, que fuera ejecutada antes del ocaso del viernes 19 de junio de 1953, “trabajen y construyan, mis hijos/y construyan un monumento a la felicidad/a los valores de la humanidad/a la fe mantenida hasta el fin/por ustedes/para ustedes”.
En este tiempo histórico que nos ha tocado ya no se precisan héroes, sino dignidad y actuar en consecuencia, pensando en el día después. Recojamos la sencilla enseñanza del noble manchego, “¿no sabes tú que no es valentía la temeridad?”
Ni me digas ni te diré qué hacer, pero procedamos todos pensando con responsabilidad que la vida es un bien irrenunciable y finito, que todos nos la merecemos a plenitud y a partir de este punto de inicio, honrar el pasado y celebrar el futuro. Dos cosas no se sostienen más: que esto siga su descontrolado rumbo y que no nos indignemos. Volvamos a lo básico, hagamos nuestro mejor esfuerzo para enaltecer esos valores que impulsaron esta continuidad histórica.
Después, y vuelvo al increíble hidalgo de la Mancha, “confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”. De la barbarie no hay retorno.
*Tikum Olam!: en hebreo significa “reparar el mundo”. Concepto asociado al concepto judío de justicia social. También puede ser comprendida por la voluntad de contribuir a la resolución de los grandes problemas de nuestro tiempo.