A los 76 años, Luisa Rodríguez Álvarez mira su historia con serenidad. Nacida y criada en la zona industrial de Paysandú, construyó su vida entre una infancia compartida, la crianza de sus hijos y, en el presente, un tiempo que siente pleno. Según confió a Pasividades, desde su concurrencia al Centro de Día Pasionaria, encontró un espacio de encuentro y disfrute que le permitió reencontrarse con actividades, vínculos y una forma distinta de transitar esta etapa de la vida.
UNA INFANCIA ENTRE JARDINES Y SIRENAS
Luisa nació en Paysandú, en la zona industrial, en el seno de una familia numerosa. Fue la quinta de nueve hermanos, en un hogar donde el trabajo y el cuidado marcaban el ritmo cotidiano. Su padre era empleado de Ancap y su madre se dedicaba a las tareas del hogar, como tantas mujeres en aquella época. Recordó ese tiempo con una nostalgia que no duele. “En ese momento la zona era preciosa, era otra época, muchas quintas, pocas casas, muchos jardines, las fábricas alrededor, era todo distinto, era más tranquilo también”. Para ella, esa etapa dejó una huella profunda: “Pienso que fue una época muy linda, por lo menos para mí, mi infancia”.
Concurrió a la escuela N.º 33, que en aquel entonces funcionaba en la esquina de 2, hoy calle Henderson, y Libertad. Allí cursó la primaria, en un barrio que también tenía mucho de comunidad, según nos dijo. Las casas cercanas, los vínculos familiares y la calle como espacio de encuentro marcaron esos años de niñez.
“Fue una infancia muy linda porque éramos hermanos y primos, era como una comunidad, vivíamos todos cerca”, recordó. Los juegos ocupaban gran parte de los días: “Jugábamos a la escondida, a la mancha, a la pelota, a la bolilla, jugábamos a todos los juegos habidos y por haber en ese momento, jugábamos al tejo, al puente, entre mujeres y varones, todo muy lindo”.
DE LA ESCUELA AL TRABAJO
Luego de finalizar la escuela, Luisa continuó sus estudios en la Escuela Industrial, hoy UTU. Sin embargo, resolvió no continuar su formación académica. “Le dije a mi padre que yo no quería estudiar más”, contó.
A partir de entonces comenzó a trabajar como empleada doméstica en casas de familia. Fue su primer contacto con el mundo laboral, una experiencia común para muchas mujeres de su generación. Ese período se extendió hasta que conoció a quien sería su esposo.
“Tenía 23 años cuando lo conocí. No fue un noviazgo largo, porque yo tenía 23 y mi esposo en aquel momento tenía 39”. Poco después formaron pareja y Luisa dejó de trabajar fuera del hogar para dedicarse de lleno a la familia.
UNA VIDA DEDICADA A LA FAMILIA
El matrimonio dio lugar a una familia numerosa. Luisa tuvo seis hijos y asumió plenamente el rol de ama de casa. “Fui ama de casa y a criar hijos”, resumió. Aunque la maternidad no fue algo planificado en términos numéricos, según nos dijo sonriente, igualmente la asumió con compromiso y amor. “Uno los tuvo porque se dio”, expresó, y reconoció que no había pensado en tener tantos hijos, “pero vinieron”. Hoy mira ese recorrido con agradecimiento. “Gracias a Dios están todos bien, cada uno con su familia”, afirmó.
Actualmente es abuela de cinco nietos: cuatro varones y una niña, a quien menciona con especial ternura. La familia sigue siendo un pilar central en su vida, aun cuando la distancia física se hace presente. Su hija mayor vive en Estados Unidos desde 1999, una ausencia que aprendió a procesar con el paso de los años. “Yo estoy contenta porque ella está feliz, ella está bien, tiene su hogar, tiene su hijo, eso es lo que me conforma a mí”, señaló. La tecnología acorta distancias: “Podemos hablar y nos comunicamos, estamos dos o tres horas hablando, nos contamos nuestras cosas”.
EL ENCUENTRO CON EL CENTRO DE DÍA
La etapa actual de su vida encontró un punto de inflexión con su ingreso al Centro de Día. El vínculo surgió a través de una amiga, cuando la institución funcionaba en la esquina de Zelmar Michelini y Uruguay. “Ella se conectó conmigo, fui a hablar con Andrea (la coordinadora), después me visitaron y ya ingresé”, recordó.
Desde entonces, ese espacio se convirtió en un lugar fundamental. “Yo disfruto todo: los amigos que hice, las cosas que hacemos, nuestra cuidadora, nuestra referente”, afirmó sin dudar. “Todo lo que tengo que decir es bueno”, reafirmó.
Para Luisa, concurrir al Centro significó mucho más que una actividad recreativa. También fue un alivio emocional en un momento difícil de su vida. “Yo tengo un hijo enfermo que es esquizofrénico, he pasado momentos muy malos”, confesó. Hoy, con su hijo bien cuidado en una casa de salud, pudo reencontrarse con su propio bienestar.
“Desde que conocí el Centro fue un alivio para mí. Desde que empecé a concurrir, mi vida cambió”, aseguró. Allí descubrió facetas que no imaginaba. “Hago cosas que pensaba nunca que iba a hacer: cantar, bailar y reírme tanto como me río”, dijo sonriente.
DESCUBRIR EL DISFRUTE
Luisa se permite hoy disfrutar sin culpas. Le gusta cocinar, cuidar plantas, pasear. Las manualidades no son su actividad preferida, aunque las realiza en el Centro, pero en su casa elige otros entretenimientos. “Me gusta la cocina, me gusta el jardín y me gusta pasear, por sobre todas las cosas”.
Los paseos organizados ocupan un lugar especial. Termas de Almirón, Guaviyú y Salto, viajes a Durazno, San Javier, Villa Soriano, recorridos por la ciudad, visitas a Casa Blanca, Paso San Francisco y la playa forman parte de una agenda que vive con gran entusiasmo, según nos confió.
“Aca lo estoy haciendo y lo estoy disfrutando”, dijo, asegurando que disfruta plenamiente de todas las salidas a espacios naturales y encuentros que fortalecen los vínculos entre compañeros.
“EN ESTE MOMENTO SOY FELIZ”
Al mirar su historia, Luisa reconoció que vivió momentos difíciles, pero igualmente el balance le resulta positivo. “He tenido altibajos, pero estoy conforme”, afirmó. “En este momento soy feliz, no puedo decir que soy infeliz”, reflexionó.
Incluso encontró una forma creativa de expresarse. Escribió letras y adaptó canciones, muchas de ellas dedicadas al Centro de Día, y que ha compartido con sus compañeros. “Escucho una canción y le modifico la letra, en alusión al Centro”, contó. Una de ellas resume lo que siente: “Lo bueno de este Centro es más que suficiente”.
Durante la entrevista recordó que también escribió un relato sobre su infancia, que leyó en un encuentro con escritores, durante una celebración por el Día del Libro, ey en el que evocó la vida en la zona industrial, las fábricas, los obreros y las sirenas que marcaban el ritmo del barrio. “Me sabía de memoria la hora en que tocaban las sirenas”, aseguró.
Hoy, Luisa se siente en plenitud. “Eso fue y es mi vivir”, dijo con serenidad. “En este momento quiero seguir disfrutando, y lo sigo haciendo”, concluyó.