Un guión de película, pero siempre es bueno que en la realidad haya un dictador menos

La “extracción” que concretaron fuerzas militares de Estados Unidos en una operación relámpago y quirúrgica, nada menos que en el principal cuartel de Caracas, para llevarse al dictador Nicolás Maduro, ha dividido las aguas en todo el mundo, especialmente en América Latina. Como suele ocurrir en estos casos, los análisis, comentarios, cuestionamientos o apoyos tienen, en la mayoría de las ocasiones, más que ver con la postura ideológica o los intereses de quienes los emiten que con una evaluación objetiva de los hechos. Difícilmente pueda encontrarse un comentario neutral o desprovisto de contaminación ideológica, relativizaciones o argumentos que omiten deliberadamente la parte que no conviene.

Por lo pronto, y analizado de manera prescindente de todo lo que rodea el caso, estamos claramente ante una violación del derecho internacional y del principio de no intervención. Sin embargo, no es un dato menor que la supuesta “víctima” sea nada menos que el tirano Nicolás Maduro, quien durante años no solo vulneró el derecho internacional, sino también los derechos humanos de sus compatriotas; que se burló de la voluntad popular, que fue aplastado por un aluvión de votos en las urnas en las elecciones del año pasado y, aun así, se atornilló al poder. Nada le importó quedar una vez más en evidencia ante el mundo por la forma grosera y burda de la maniobra, sin haber mostrado jamás las actas de las elecciones que intentó fraguar y no pudo. Estamos, entonces, ante un dictador que fue sacado del trono ilegítimo al que se aferró con uñas y dientes; un gobernante que se manchó las manos de sangre, se burló de la voluntad ciudadana, ejerció el liderazgo del narcotráfico desde el Estado y se mofó del derecho y de quienes reclamaban libertad y justicia. No merece la mínima consideración por este cúmulo de delitos. Pero –y hay un “pero” nada despreciable– quien ejecutó el operativo fue Estados Unidos, y además bajo el mando de Donald Trump, actuando por su propia cuenta y riesgo, sin mayores pruritos, en nombre de los intereses de su país, o más precisamente, de su gobierno.

No puede extrañar, por lo tanto, que para los demócratas de verdad –no para aquellos que se proclaman demócratas solo cuando les conviene, como muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras por el “secuestro” de Maduro con el fin de llevarlo ante la Justicia norteamericana– esta incursión genere profundas contradicciones en el plano de los sentimientos, aunque no así en lo que respecta al respeto irrestricto del derecho internacional y la convivencia entre las naciones, por encima de cualquier ideología.

Vayamos a la realidad, que es la que manda, más allá de lo que quisiéramos o de lo que debería ser. Solo un observador desprevenido o ignorante de lo que sucede en el mundo podía esperar que el gobernante narco que detentaba el poder en Venezuela se allanara voluntariamente a ceder el gobierno al legítimo ganador de las elecciones del año pasado. Tampoco podía esperarse tal actitud de los integrantes del círculo de poder que lo sostuvo durante todos estos años, incluidos –y sobre todo– los mandos de las Fuerzas Armadas, pilar fundamental de la dictadura, pese a las “gestiones” bajo cuerda que les prometían eventuales amnistías si aceptaban el exilio.

Maduro no iba a irse por su propia voluntad, no solo por las mieles del poder y la impunidad que creía garantizarse, sino también porque su soberbia lo llevaba a asumirse por encima del bien y del mal. Así lo demostraba su “baile” festivo y supuestamente despreocupado desde los estrados en los que lanzaba diatribas contra una parte del pueblo venezolano, mientras sus incondicionales ideológicos celebraban sandeces y delirios.

Es cierto: diga lo que se diga, el mundo está un poco mejor con un dictador menos en el poder, en cualquier país. Sin embargo, en Venezuela el régimen chavista sigue vigente, oprimiendo a su pueblo y sostenido por estructuras corruptas que ha construido a lo largo de casi un cuarto de siglo, con tribunales e instituciones integradas por incondicionales incrustados en el poder. Pero de una u otra forma, hay cosas que comienzan a cambiar, y por ejemplo el gobierno de Venezuela ya anunció que liberará cientos de presos políticos, cuando hasta ahora los seguidores de Maduro negaban que existieran detenidos de este tipo.

El factor Trump añade una dosis aún mayor de imprevisibilidad al desenlace, más o menos cercano, de esta novela caribeña que mantiene al mundo en vilo. Fiel a su estilo, el mandatario ni siquiera se ha cuidado de las apariencias y ha dejado en claro que fue por Maduro y por mucho más, empezando por el petróleo. Al mismo tiempo, ha condicionado con presiones y amenazas a los jerarcas chavistas, que llamativamente han dejado de bravuconear en los últimos días, y empezaron a hablar en serio, aunque intentando mostrar una autonomía que nadie cree.

Como dato relevante, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, afirmó que Washington controlará “indefinidamente” las ventas de petróleo venezolano. Esto ocurrió un día después de que Donald Trump anunciara que Venezuela entregará entre 30 y 50 millones de barriles de crudo al país norteamericano.

“Vamos a comercializar el crudo que sale de Venezuela, primero el petróleo almacenado que hoy está represado y luego, de manera indefinida, la producción futura que salga al mercado”, afirmó Wright en un evento del sector energético organizado por Goldman Sachs en Miami.

Wright estimó que la producción petrolera venezolana podría aumentar en el mediano plazo en unos 700.000 barriles diarios y sostuvo que el control de las ventas de crudo es una “palanca clave” para impulsar el cambio político en ese país.

En medio de las negociaciones entre Donald Trump y la presidenta encargada Delcy Rodríguez durante la transición tras la captura de Nicolás Maduro, el presidente norteamericano ya había anunciado que Venezuela entregaría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos.

Esta es solo una pequeña parte del guión de una película que, sin dudas, se extenderá como una serie de varias temporadas de Netflix y que plantea una ecuación con innumerables incógnitas. Lamentablemente, no se trata de ficción, sino de la vida real. Hubiera sido mucho mejor que Maduro solo existiera en la mente febril de algún escritor, y que el mandatario norteamericano limitara sus berrinches a un mundo de fantasía. Pero esta es la realidad, nos guste o no.

Y, sobre todo, Nicolás Maduro está preso y sometido a la Justicia. Ese es un motivo poderoso para celebrar en el mundo libre, porque un tirano menos siempre significa menos sufrimiento e injusticia para una parte de la humanidad.