Para quienes recuerdan el Paysandú industrial, es evidente que las chimeneas activas y el comercio pujante ya no forman parte de la realidad actual. Muy por el contrario, estos sectores enfrentan desafíos estructurales de competitividad que deberían impulsarnos a considerar al turismo como un imperativo generacional para el desarrollo local.
Ahora bien, repensar el turismo local exige algo más que un inventario de atractivos. Incluso podríamos decir que es necesario ir al ADN sanducero que nos define como “Heroica”, para transformar la actual dispersión de propuestas y eventos de interés turístico en una estrategia integral para el departamento.
Pensar el turismo en clave de desarrollo implica dejar de considerarlo una actividad accesoria y convertirlo en una política departamental que articule nuestra rica historia, el patrimonio tangible e intangible, las termas y la innovación productiva. La fragmentación actual —donde las termas aparecen como un mundo aparte de la ciudad y los eventos culturales ocurren casi como islas en el calendario— constituye un obstáculo que debe ser removido si se pretende alcanzar madurez como destino regional. No se trata de reinventar la rueda, sino de hacer que las cosas funcionen en un contexto donde el empleo tradicional sigue acuciado por problemas persistentes. A pocos kilómetros de aquí, Colón recibe cada verano a miles de turistas que disfrutan del mismo río, -- 360.000 pernoctes sólo en enero de este año -- mientras que nosotros, a pesar de los avances en infraestructura en nuestra costa, no logramos captarlos. No se trata de insistir en comparaciones ya conocidas con la vecina orilla y los frutos de su trabajo de décadas para consolidarse como destino turístico, sino de mirarnos más a nosotros mismos.
Un reciente informe de percepción turística realizado por el magíster Juan Andrés Pardo y difundido en estas páginas revela una verdad incómoda pero movilizadora: aunque los sanduceros valoramos nuestro pago como un lugar con “potencial latente”, la mayoría califica el desarrollo actual del turismo como regular.
Palabras como “Chajá”, “termas” o “Iracundos”, identificadas como parte de nuestra impronta, no pueden quedar reducidas a simples etiquetas. Son símbolos de una identidad fragmentada que necesita convertirse en un relato único. Es necesario avanzar hacia una síntesis que permita pasar de atractivos aislados a una verdadera marca de destino. Los destinos turísticos consolidados cuentan con una narrativa clara, y aquí aún no hemos logrado definirla, mostrarla y, sobre todo, superar la fragmentación antes mencionada.
No faltan elementos para construir ese relato. La Defensa de Paysandú no es solo historia o literatura: también es el suelo que pisamos. La resistencia de 33 días frente a fuerzas abrumadoramente superiores fue, al mismo tiempo, una derrota militar y una victoria ética que contribuyó a los cimientos de la identidad nacional. En definitiva, se trata de una historia de principios llevados al extremo, un patrimonio intangible que pocas ciudades del Cono Sur pueden ofrecer con semejante grado de legitimidad a sus visitantes. Afortunadamente, hoy la ciudad cuenta con un circuito turístico sobre la Defensa y con un Centro de Interpretación que permite comprender la magnitud de la gesta sanducera. Ambos funcionan como una puerta de entrada para que el visitante conecte con la memoria viva de la ciudad. Nadie puede poner en tela de juicio que Paysandú tiene épica, pero también —en un sentido amplio— tiene lírica. El reciente encuentro de Iracundómanos, que conmemoró los 37 años del fallecimiento de Eduardo Franco, líder del reconocido grupo Los Iracundos, demostró una vez más que su música sigue siendo un puente emocional entre personas de distintos países de América Latina. El evento, declarado de Interés Turístico por el Ministerio de Turismo, comienza a consolidarse dentro de la industria de la nostalgia, atrayendo visitantes de Argentina, Paraguay, Perú, Chile y Ecuador.
Desde esta perspectiva, el legado de Eduardo Franco forma parte de la fibra íntima de la identidad sanducera, lo que explica la existencia de un monumento, una estatua en la vía pública y un Teatro de Verano que lleva su nombre. Entonces, ¿por qué no posicionar a Paysandú como santuario de la canción romántica? ¿Por qué no hacer que la experiencia “iracundómana” incluya al conjunto de la ciudad y al río Uruguay, posicionando a Paysandú como epicentro de canciones que se niegan a ser olvidadas? A esto se suman una serie de eventos anuales vinculados al teatro, el carnaval y las tradiciones gauchas, que también contribuyen al reconocimiento de Paysandú como capital cultural del litoral.
En materia de eventos innovadores, también hay ejemplos destacados. Uno de ellos se desarrolla por estos días y está despertando interés regional. Tiene el potencial de mostrar la transformación de un rubro productivo en un evento turístico, cuyo lanzamiento tuvo lugar en Punta del Este en plena temporada. Nos referimos a la Cata Nacional del Tomate, una iniciativa que nació para rescatar variedades antiguas y sabores perdidos, y que también se presenta como una forma de resiliencia frente a la uniformidad del mercado agroindustrial global. De manera inteligente, el evento ha logrado articular a la academia —a través del gabinete de análisis sensorial de la UTEC—, a pequeños productores y al sector gastronómico, comenzando a posicionar a Paysandú como referente en agroecología y turismo sustentable.
El eje del bienestar también está presente a través de las termas de Almirón y Guaviyú, que —según los propios sanduceros— constituyen el principal motivo para recomendar la visita al departamento, de acuerdo con el estudio de percepción mencionado. El turismo termal incorpora además ingredientes no tradicionales, como el festival “Vuela Termas”, que reúne a más de un centenar de aeronaves de aeromodelismo. La iniciativa resulta acertada, ya que, además de inversiones en infraestructura y servicios —algunas aún en proceso—, se necesita una especialización que diferencie claramente a nuestros dos centros termales de otros destinos uruguayos y argentinos de la región.
El informe sobre la percepción del turismo en Paysandú vuelve a señalar la fragmentación como un problema central: la ciudad y las termas de Almirón y Guaviyú suelen operar como destinos estancos, sin conexión entre sí. Resulta inadmisible, por ejemplo, que un turista que visita las termas ignore la gesta de Leandro Gómez o las magníficas puestas de sol que pueden disfrutarse desde la infraestructura de la costa del río Uruguay. En ese mismo espacio, eventos como el tradicional Cruce del Río Uruguay, organizado por el Club Remeros, la reactivación de los paseos en lancha, los campeonatos de pesca o jet ski, y los festivales de música en el Anfiteatro deberían integrarse en una propuesta coherente que dote a la costa de actividad permanente, incluyendo también eventos consolidados como la Semana de la Cerveza.
Es evidente que no se puede ignorar la realidad macroeconómica —aunque se prevé una mejor temporada estival que la anterior, aún no se alcanzarán los niveles de 2018— ni la percepción de Uruguay como un país caro para vivir e invertir. Precisamente por eso, debemos ser más competitivos y especializar la oferta hacia nichos de alto valor, fortaleciendo obras de modernización de los centros termales y el mantenimiento de los espacios públicos con una visión que trascienda los períodos de gobierno. Pero, sobre todo, resulta urgente superar la fragmentación de la identidad sanducera y construir un relato coherente que permita posicionar el destino y avanzar hacia un modelo de turismo que sea verdadero reflejo de nuestra identidad, y no solo un catálogo disperso de atractivos y servicios. Para ello, el primer paso es definir con claridad hacia dónde queremos ir.
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