Otro factor de riesgo en pandemia

La polarización política constituye un factor de riesgo en medio de esta pandemia. Hace tiempo que lo advierten sociólogos a nivel mundial e incluso volvió a reiterarlo el coordinador del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), Rafael Radi.
El psicólogo social Jonathan Hiadt advirtió desde las páginas del New York Times que las restricciones para frenar los contagios están ligadas a las simpatías partidarias. El partidismo de algunos influye bastante más que el comportamiento ante la gravedad de los contagios.
En Europa, por ejemplo, se nota la crispación política ante un incremento de las muertes por coronavirus en 19 naciones. Sin embargo, los comportamientos sociales influyeron en esos resultados.
No es lo mismo una población que acepta las sugerencias de las autoridades sanitarias que aquella que entiende tomar otras medidas. Pero tampoco es lo mismo un consenso político –por encima de las diferencias ideológicas existentes en democracia– que los cruces en forma continua, la problematización de las acciones y sus resultados, los cuestionamientos a las decisiones o la interpelación diaria ante los medios de comunicación.
También habrá que diferenciar la animosidad existente en una parte de la población que observa las medidas adoptadas a demanda de grupos de presión y otra que ve el grito tribunero que reclama mayores restricciones, pero no apoyó esa medida hace algunos meses en el ámbito parlamentario. Y es allí donde deben discutir y resolver, en ver de salir a la búsqueda de más pantallas para obtener un rédito partidario en la ciudadanía por fuera de los tiempos electorales.
Porque el incremento sostenido de casos, al menos en Uruguay, se presenta desde octubre y en los meses de verano y al comienzo de 2021 se alentaban movilizaciones a través de la redes, aunque el discurso políticamente correcto iba por otro lado.
En nuestro país hay intentos de utilizar al GACH para “llevar agua para su molino”. Claramente Radi se ha desmarcado de estas intenciones en sendas entrevistas y mantiene juicios ponderados, atravesados por una coherencia que debería ser ejemplo para algunos referentes de la política uruguaya.
Y así como no se puede actuar atravesados por el miedo, tampoco se logran adoptar decisiones personales o globales equilibradas, a impulsos de una vocinglería que no calla. Es notorio el pleno proceso de comunicación estratégica en el que se encuentran algunos referentes políticos uruguayos. Es decir, eligen momentos específicos para salir a pegar donde más duele.
No es tan difícil de comprender que las medidas sanitarias, así como la pandemia, el aumento de casos e incremento de muertes no tiene nada, pero absolutamente nada de ideológico. No obstante, conviene repetirlo para que lo entiendan y dejen de confundir a una población que ya está estresada y agotada de datos negativos.
Uruguay –junto a otros países– ha sido material de estudio para el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet), un organismo gubernamental que depende del Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación del vecino país.
La investigación realizó preguntas básicas sobre la cantidad de muertos por COVID-19 y surgió que cuando había mayor apoyo al gobierno, descendía el número de fallecidos. Sin embargo, en Argentina y Uruguay, la oposición pronostica un agravamiento de la situación y demuestra un menor apoyo a las medidas del gobierno. Ese resultado “sorprendió muchísimo”, asegura Joaquín Navajas, neuropsicólogo del mencionado organismo estatal argentino.
Al menos por el caso uruguayo, no hay tal sorpresa. La necesidad de intentar posicionar liderazgos políticos –poco importa si es en tiempos de una pandemia sanitaria– es más fuerte que esta coyuntura mundial.
Están a tiempo de cambiar la pisada, pero tardan en darse cuenta. Las masas siguen a los ejemplos y así lo indica la historia. Si la clase dirigente hace juicios ponderados y se maneja con mayor tranquilidad desde su lugar de preferencia, todo lo demás vendrá por añadidura.
No es posible mirar a una pandemia de estas características desde el lugar de la acusación constante porque las medidas no será suficientes ni efectivas. Nada alcanza, si se discuten asuntos científicos y económicos desde una visión ideologizada. Porque no existe uruguayo que no tema a los resultados negativos de una economía en crisis, donde los recursos eran escasos desde antes del comienzo de esta gestión.
Por eso, si hay algo que medirá esta contingencia sanitaria será la talla de nuestros políticos e instituciones. Es una situación inédita en Uruguay, pero también para el planeta y la gestión de esta crisis no ha sido fácil para ningún gobernante en el mundo, donde reinan absolutamente todas las ideologías. Desde la derecha hasta la izquierda han tenido que lidiar con cuestionamientos internos y nadie saldrá ileso de esta situación.
Es así que deberán comprender que aquí las únicas pérdidas que cuentan son las personas, sin importar edades o comorbilidades. Son quienes dejaron de existir en medio de una coyuntura desconocida para todos.
Y porque un incremento de las tensiones políticas, el ensañamiento verbal utilizado fundamentalmente en las redes sociales o las conductas desafiantes, desencadenan un mayor estrés en los ciudadanos.
Esta coyuntura global nos ha removido como humanidad y en cualquier parte del planeta la gestión de la crisis ha tenido dificultades diversas. Al final de la pandemia habrá que calcular si esta polarización fue o no uno de los factores determinantes en el costo de vidas humanas. Los estudios científicos calculan que, al menos en Europa, este factor elevó en cinco veces el número de muertes. Y aún no ha terminado.
Cualquier medida adoptada tendrá una motivación científica y apuntará a salvar vidas. Pero en forma paralela, las cuestiones sociales, desde su punto de vista económico, tenderán a dividir aún más. Porque tampoco en este sentido hay soluciones mágicas que consigan abarcar a todas las comunidades en riesgo, en tanto ya atravesaban por una vulnerabilidad nunca solucionada en mejores épocas.

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