La desaparición física del papa Francisco, líder de la iglesia Católica, ha conmovido al mundo, no por sorpresiva sino por lo relevante de su figura. Por supuesto que a nosotros nos llega aun más de cerca, por un lado por la incidencia que este culto tiene en nuestra población, pero además por su origen rioplatense, dicho esto no con un propósito apropiativo sino como reflejo de su cercanía en términos geográficos.
Fue todo un mensaje en sí mismo el que se eligiese en su momento por primera vez a un cardenal procedente de Latinoamérica para liderar la iglesia, una región del mundo que no tiene los cónclaves –ámbito en el que se elige al futuro papa– una representación demasiado significativa en relación a otras y que desde el punto de vista político –la del papa es una figura central desde ese punto de vista– tampoco es de las que pincha y corta. Sorprendió al mundo la elección de Jorge Mario Bergoglio, un argentino; jesuita, además. Él mismo volvería a sorprender al mundo con la elección de su nombre papal, Francisco, en homenaje a un santo asociado a una forma de vida austera, solidaria, especialmente sensible hacia las clases desposeídas.
En consonancia con esta forma de entender la vida, la presencia del ser humano en la Tierra, abogó por una humanidad más cercana a las demás formas de vida en el planeta, en una convivencia más armoniosa. “La lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad que amenazan al planeta ha perdido a uno de sus líderes más reconocidos e influyentes, el papa Francisco, que a lo largo de su pontificado aprovechó multitud de sus intervenciones para poner de manifiesto la necesidad de proteger el hogar común, la Tierra”, encabeza Ana Tuñas Matilla su columna de la sección especializada en Ambiente en la agencia EFE. Recuerda en ese sentido que apenas con un año cumplido en el cargo, en junio de 2015, publicó la encíclica “Laudato si”, conocida como la “Encíclica Verde”; en ella dejó patente “su activismo ambiental con mensajes que amplificó a lo largo de todo su mandato”, valora Tuñas. Allí incluía peticiones para lograr este propósito, entre las que incluía “la necesidad de cambios profundos en los estilos de vida, en los modelos de producción y consumo y en las estructuras de poder, al tiempo que alertaba de que la Tierra se estaba convirtiendo en un ‘inmenso depósito de porquería’”. En ese documento la Iglesia, de la mano de Francisco, llamó a “limitar al máximo el uso de recursos no renovables, moderar el consumo y a reutilizar y reciclar, criticó la privatización del agua, un bien básico al que no pueden acceder todos los humanos, y denunció que los más pobres son los que sufren las mayores consecuencias de la degradación ambiental y climática”.
Poco después denunció ante la Asamblea General de la ONU la degradación del ambiente y advirtió de que, dado que los seres humanos somos parte del medio, “cualquier daño que le hagamos es un daño para la humanidad”. Así como en la exhortación apostólica “Laudate Deum”, en 2023, afirmó que el mundo se está desmoronando y acercándose a un punto de no retorno y cuestionó la capacidad de afrontar desde la política los intereses de económicos, de poder, y la crisis medioambiental.
A lo largo de su papado no rehuyó meterse en temas candentes, sin que esto implique que otros papas anteriormente no lo hayan hecho, por supuesto, abundan los ejemplos. Al momento de tomar las riendas Francisco enfrentaba un profundo dilema interno con las denuncias por los abusos sexuales cometidos por sus curas, un tema que cobró máxima notoriedad por la película Spotlight, ganadora del Oscar, que trataba sobre una investigación sobre este asunto en la ciudad de Boston, en Estados Unidos. No le tembló el pulso a la hora de asumir el problema que la institución había ocultado y negado sistemáticamente. Fue además un hombre de paz. Incluso hasta sus últimos momentos el papa Francisco abogó por el entendimiento y el cese de las hostilidades en las regiones conflictivas del mundo.
Pero en particular el momento en que se mostró como líder global generacional fue su recordado discurso del 25 de julio de 2013, en Rio de Janeiro, ante miles de jóvenes todo el mundo, durante la Jornada Mundial de la Juventud, cuando animó a los jóvenes a “hacer lío”.
Era una de sus primeras intervenciones masivas y ese “¡Hagan lío!” se transformó en todo un sello de su pontificado. No solo fue una invitación a la juventud para evitar una actitud sumisa frente a todo, sino que lleva allí implícita una exhortación a que la Iglesia dejara de ser una institución centrada solo en lo cómodo y lo institucional, para ser un organismo vivo, dinámico y comprometido con la sociedad, fue una crítica al estancamiento estructural que afectaba a la institución.
Francisco alertó que el culto al dinero había llevado a la civilización mundial a un punto de exclusión de los más vulnerables: los ancianos y los jóvenes, “las puntas de la vida humana”, a quienes animó a no dejarse excluir y a luchar por sus derechos y por una sociedad más justa.
“Pero no se olviden: hagan lío, cuiden los dos extremos de la vida, los dos extremos de la historia de los pueblos que son los ancianos y los jóvenes, y no licúen la fe”, expresaba durante su histórico discurso.
Por supuesto que como todo ser humano tuvo sus luces, sus sombras, sus contradicciones, sus peculiaridades y habrá sido incómodo para muchos, porque si a algo no tuvo miedo fue a incomodar, a hacer lío.

