El consumo local y los mercados de cercanía no son una cuestión de modas sino algo más profundo que involucra la posibilidad de pensar y discutir la arquitectura social de los alimentos que consumimos, el lugar que ocupan quienes producen en la economía local y la manera en que una ciudad puede pensar en sí misma para promover hábitos saludables y favorecer la actividad de productores y emprendedores.
Algunas experiencias relevantes existentes en Uruguay, como el Mercado Agrícola de Montevideo (MAM) han demostrado que el espacio urbano puede articular productores, pymes alimentarias y consumidores, trabajando con reglas claras, identidad de origen y una programación cultural que convierta la compra en una experiencia. Es un caso de cercanía organizada donde la oferta de frutas, verduras, hortalizas y productos elaborados localmente cuentan con una concepción y narrativa que reivindica el trabajo de proximidad. En Argentina también hay varios lugares en los que determinados espacios urbanos han sido aprovechados como plataformas para productores regionales y cooperativas combinando calidad, precio, prácticas sustentables, comercio justo y educación del consumidor, generalmente con apoyo de municipios, universidades y organizaciones de la economía circular o popular.
No siempre tienen el mismo formato pero en general todos cuentan con precios razonables y cierta logística y organización mínima donde el Estado cumple un rol de facilitador, los productores se organizan y los consumidores pueden experimentar el sentido de “comprar cerca”. Esto es, menos intermediación, más trazabilidad y encuentros cara a cara entre quien produce y quien cocina.
Si nos preguntamos por los fundamentos filosóficos de este tipo de dispositivos, vale la pena recordar al austríaco Karl Polanyi, y su idea de que las acciones e instituciones económicas están siempre integradas en las relaciones sociales, es decir, la economía no es un sistema autónomo sino que se sostiene en normas, confianza y reciprocidades. Los mercados de cercanía son un claro ejemplo de esa incrustación en la vida social ya que allí no solo se compra, vende y asignan precios sino que se construyen relaciones. Los billetes y monedas circulan pero también las historias, los saberes, el diálogo.
Por otra parte, cuando una ciudad habilita espacios de cercanía suelen expandirse las capacidades de los productores en cuanto a acceder a clientes, formalizarse, innovar. Pero también se expanden las posibilidades de los consumidores ya que pueden elegir con información, cuidar su salud o sostener dietas frescas. Incluso, si se mira desde la perspectiva de la soberanía agroalimentaria los mercados de proximidad devuelven agencia a los territorios sobre qué se produce, cómo y bajo qué estándares, permitiendo tomar decisiones que ayuden a cuidar el trabajo local pero también la propia salud y el ambiente.
Comprar a los productores locales no solo reduce la huella del transporte sino que facilita prácticas agroecológicas factibles a pequeña escala, preserva saberes y sabores tradicionales, favorece empleos dignos en micro y pequeñas empresas y cooperativas, e incluso, permite tejer redes territoriales que hasta podrían interactuar con mercados mayores sin perder identidad.
Para los productores los beneficios son claros, cuentan con mayor margen de ganancias al reducir la intermediación y vender en forma directa pudiendo mostrar el valor de su trabajo, a su vez el intercambio cara a cara les permite tener información rápida sobre cómo personalizar su oferta según calidad y precio, y si además, existen políticas de formalización y asistencia técnica es posible dar el paso a la formalidad de forma gradual sin expulsar a quienes comienzan. Por otra parte, estos espacios de productores permiten trabajar señas de identidad para una ciudad o una región. Por ejemplo, un tipo de queso propio del lugar, una miel monofloral, una determinada panificación o embutido también cuentan una historia y permiten cobrar un precio justo.
Desde el punto de vista urbano, estos espacios de encuentro construyen comunidad. Allí no solo se compra, sino se elige por salud, se pasea y hasta se disfruta una propuesta cultural. Por eso es que el diseño importa: baños limpios, accesibilidad, música, degustaciones, sombra y lugares para sentarse. Desde el sector público se requiere apoyo logístico y técnico, capacitación, comunicación y coordinación. Nuestro departamento cuenta con una base de productores familiares, horticultores, apicultores, ganaderos y redes cooperativas e instituciones y centros formativos que pueden proponerse llevar adelante espacios de este tipo en la ciudad, la periferia urbana o localidades del interior, de forma regular no solo en eventos puntuales. Eso demanda gestionar permisos, pensar en horarios compatibles con rutinas laborales e innovar en sistemas sencillos y confiables en cuanto a calidad y logística.
¿Acaso no podríamos tener un sello de origen “Hecho en Paysandú”, con trazabilidad accesible que entregue al consumidor información básica y confiable, una identidad visual compartida, una narrativa que rescate nuestros sabores, recetas e historia? ¿Una feria de cercanía acaso podría transformarse también en un espacio pedagógico donde se hagan degustaciones y se enseñe en pequeños talleres a usar los productos, leer etiquetas y aprovechar las verduras de estación?
Claro que también se necesita una fuerte presencia estatal que ponga el sistema en marcha y apuntale para que este espacio de cercanía no sea un esfuerzo heroico de unos pocos sin mucha posibilidad de futuro. Se requiere transparencia, proporcionar datos sobre el empleo generado, el volumen abastecido localmente, la variación de precios para mantener una conversación honesta orientada a mejorar entre los diferentes actores que forman parte.
En Paysandú la producción agroalimentaria convive con el comercio fronterizo y las grandes superficies comerciales. Los mercados de cercanía no cuentan aún con una propuesta y agenda estable a lo largo del año, con la excepción de la tradicional y bastante venida a menos feria del Mercado Municipal y un Paseo de Artesanos que por distintas razones no ha logrado posicionarse como oferta atractiva para locales y visitantes. En general, las ferias con presencia agroalimentaria son eventos puntuales realizados en distintos momentos, generalmente sin fechas fijas, emplazándose tanto en algunos barrios como en localidades del interior departamental.
Hay un público atraído por estas propuestas pero también es importante tener en cuenta que la cercanía es una construcción, no se puede imponer. Requiere de una trama donde productores, emprendedores y pequeñas empresas encuentren en esos espacios un lugar no solo rentable sino digno, donde haya logística, servicios y difusión. Lanzamos aquí la idea, las experiencias previas en Uruguay y países de la región pueden fácilmente investigarse para tomar lo que sirva y adaptarlo a nuestra realidad. Mientras tanto, pensemos si una apuesta por ferias estables en barrios no estaría ampliando también el derecho a la alimentación y a una ciudad más inclusiva y sostenible.