La noticia sacudió la madrugada y encontró despierta a buena parte de la comunidad venezolana radicada en Uruguay. El anuncio de la detención de Nicolás Maduro corrió como un reguero de pólvora entre celulares encendidos, transmisiones en vivo y mensajes que cruzaron fronteras. En Paysandú, Young y otros puntos del país, el amanecer fue distinto: cargado de emoción, lágrimas, abrazos a la distancia y una mezcla intensa de júbilo, incredulidad y expectativa.
Verónica Sánchez, periodista venezolana —quien incluso formó parte del equipo de EL TELEGRAFO— y repostera radicada en nuestra ciudad, fue una de las tantas personas que siguió cada detalle desde muy temprano. “Estamos aquí en un ambiente de celebración, pero también de duda de saber qué va a pasar”, contó. Desde la madrugada estuvo conectada a las transmisiones internacionales y en contacto permanente con su familia y colegas. “Estaba viendo las noticias en Colombia, del lado del Táchira, con corresponsales de Caracol, hablando con colegas, poniéndome al día con la familia y con amigos en distintas partes del mundo para ver cómo estaban viviendo la noticia”, relató.
En su casa, el clima fue de emoción desbordada. “Ya lloramos, ya gritamos, ya reímos, ya pusimos nuestra bandera —la de las siete estrellas, la que era la oficial antes de Chávez y Maduro— porque comenzó el camino del cambio y eso nos da felicidad”, expresó. Verónica señaló que dentro de la colonia venezolana en Uruguay las reacciones fueron tan intensas como diversas: incredulidad, llanto frente al televisor, llamados constantes y una vigilia informativa que no se detiene. “Sabemos que se viene un proceso de cambio, pero también de resistencia por parte de pequeños grupos. Hay alegría, pero también expectativa por lo que vendrá”, subrayó.
La emoción, en su caso, está atravesada por una historia personal marcada por años de dificultades. “Lloro de alegría porque son 26 años de lucha. Yo viví hacer colas de 18 horas en un supermercado, tener dinero y no poder comprar comida, estar encerrados, estudiar en la universidad mientras tiraban bombas con nosotros adentro. Viví la amenaza al periodismo, los ataques a los diarios. No puedo creer que estoy viviendo este momento”, dijo con la voz aún cargada de incredulidad y alivio. Desde las 3 de la mañana, explicó, su familia permanece en contacto constante, siguiendo cada movimiento y alerta, especialmente por la cercanía de algunos familiares a zonas militares. “Hay mucho júbilo, mucha esperanza, mucha felicidad y al mismo tiempo expectativa”, resumió.
CONSTERNADA Y EMOCIONADA
Anali del Valle Fonseca Cárdenas, venezolana que vive desde hace seis años en Uruguay, también despertó con la noticia. Radicada actualmente en Young por razones laborales, mantiene un fuerte vínculo con Paysandú, ciudad que considera su hogar. “Estoy consternada, conmocionada. Hubo llanto, hubo risa, hubo esa sensación de ‘Dios mío, ¿será verdad?’, y cuando ves que es una realidad, es maravilloso”, expresó. Para ella y su familia, el momento es difícil de describir. “Han sido muchos años separados de Venezuela, del país que nos vio crecer y del que tuvimos que irnos buscando un futuro mejor por la opresión de este gobierno. Parece increíble que hoy haya llegado el día”, afirmó.
Anali mantiene comunicación permanente con sus familiares en el estado Zulia, en Maracaibo. “Hasta ahora están bien, gracias a Dios. No hay manifestaciones en las calles, está todo tranquilo, pero la gente se está preparando, comprando alimentos y velas, porque se dice que puede pasar algo más agresivo”, señaló, reflejando la cautela que convive con la esperanza.
Aunque hoy vive en Young, destacó que Paysandú sigue siendo su lugar en el mundo. “Constantemente estamos en Paysandú, porque es nuestro hogar y nuestra familia. Aquí están nuestros amigos, nuestros conocidos, todas las manos amigas que nos ayudaron cuando recién llegamos”, dijo con gratitud. Recordó especialmente el apoyo recibido en sus primeros pasos en Uruguay, un acompañamiento que, asegura, jamás olvidarán. “Pensamos siempre en Paysandú como nuestro refugio”, concluyó.
Entre banderas, lágrimas y pantallas encendidas, la comunidad venezolana en Uruguay vive horas intensas, marcadas por la emoción de un hecho histórico y la prudencia ante un futuro que todavía se escribe. La distancia no apaga el sentimiento: Venezuela late fuerte, también, desde este lado del río.
“NO TENÍA ESPERANZAS Y PASÓ”
Adriana vive hace cinco años en Paysandú. Está casada y tiene un hijo de dos años. Lo primero que dijo a EL TELEGRAFO fue que no tenía esperanzas “porque son tantas veces las que me han decepcionado, cómo iban los procesos allá, que yo no tenía la fe que en algún momento iba a pasar”. “Capaz después de mi muerte y fuera mi hijo quien lo fuera a ver. Yo tenía como una promesa, por así decirlo, en el momento que caiga yo me arrodillo y le doy gracias a Dios y a la gloria de Él”, precisó. “Me enteré por mi esposo que es de Paysandú y con quien nos conocimos por una red social. Me mandó un mensaje de madrugada pero yo me había dormido porque había salido a la medianoche de mi trabajo. Cuando me levanté al baño y tomé el celular para ver si me habían depositado mi nómina para solventar el día y ver de comprarle algún regalo de reyes a mi hijo, resulta que tenía el mensaje más esperado por los venezolanos: ‘Maduro acaba de caer y está preso’. Yo no podía creer, aparte el teléfono tenía 3% de batería entonces busqué el cargador y me puse a chequear si era verdad. Y resultó que sí”, recordó con la voz entrecortada. “Inmediatamente llamé a mi familia, que fue una conversación tipo en clave y corta. ‘Mamá, ¿estás bien?, me contestó que sí. ‘Mamá, dime si es verdad, ¿es verdad el regalo de Navidad?’ Me dijo ‘sí, Adriana’. Y me cortó la llamada, porque allá tienen como filtraciones por así decirlo, con la gente que recibe llamadas del exterior”, comentó.
Siente una felicidad enorme: “Lloré de esperanza y de felicidad, de que tuve que meterme en mi palabra para así decirlo, enrollarme en mi lengua y tragármela. Porque muchos me decían que eso iba a pasar, que nos iba a costar pero llegaría. Incluso ayer (por el viernes) yo había hablado con una compañera de trabajo y unos pacientes me decían que tuviera fe. Yo tenía la esperanza muerta y siento una felicidad, pero a la vez miedo e incertidumbre de quién va a agarrar el gobierno, que ya dijeron que iba a ser los Estados Unidos que iba a regir un tiempo en Venezuela”.
“Yo tenía 9 años y estaba Chávez. Me quitó tiempo, familia, amigos. Me fui de mi país porque moría espiritualmente, porque yo podía trabajar y trabajar, a veces incluso llegar a mi casa después de tres días, y me daba solo para comer. No era para comprar un par de zapatos, no era para irme a vacacionar, simplemente era para subsistir, entonces era muy triste. Y no podía tener pareja por obvias razones que no quería traer tampoco una personita al mundo a sufrir porque Venezuela tiene la mayor mortalidad materno infantil que existe, porque los insumos no existen, no hay calidad de vida, no hay luz, no hay agua, no hay pañales, en aquel tiempo era horrible. En 2016 casi me muero en un hospital por todas esas faltas”, comentó. Llegó a Uruguay por recomendación de un tío que “nos dijo que debíamos venir acá si queríamos refugiarnos de la dictadura”. “Yo me vine primero que mi hermano, que falleció en dictadura debido a una leucemia y murió porque no se le pudo hacer una diálisis de emergencia porque no había el catéter que él precisaba. Y eso es lo que más me duele, que mi hermano murió y no pudo presenciar esto”. En tanto, anhela poder volver a su patria para “ver a mi familia, a los hermanos que me quedan, a mi mamá y la tumba de mi hermano y lo más importante: quiero que mi hijo se bañe en las playas y que su piel quede tostada como una flor de Venezuela como dice la canción, y que sienta el sol y la brisa del mar”.
