Descreimiento ciudadano, y no es porque sí
Tras estos doce años, en los primeros meses los uruguayos vivimos una luna de miel con la democracia, e incluso, en la primera sesión del Parlamento, se pretendió sacar los primeros temas por unanimidad, sin votos en contra, como una forma de presentar a la ciudadanía el acuerdo de los políticos por encima de partidos e ideologías, como un modelo de democracia.
Claro, con el paso del tiempo, la realidad se manifestó en lo que realmente ocurre en una democracia, un régimen donde se gobierna a través de las mayorías representativas elegidas en elecciones abiertas, sin aplastar los derechos de las minorías, pero en el libre juego de las instituciones, con toda la gama de opiniones y la búsqueda en lo posible de acuerdos para sacar adelante leyes y medidas que nunca van a conformar a todos, y donde existen conflictos de intereses que no se dirimen fácilmente. En este caso del estudio de Factum, se muestra un panorama donde predominan las posturas moderadas y críticas, mientras que los extremos ideológicamente “cerrados” representan una minoría. El estudio, dirigido por el politólogo Eduardo Bottinelli y difundido en el informativo central de VTV, expone que tres de cada diez votantes se declaran “desinteresados” o “descreídos” de la política, una cifra que ilustra un significativo distanciamiento ciudadano.
Este relevamiento clasifica a la ciudadanía en siete categorías según su adhesión y perspectiva frente al sistema político. En los extremos se ubica un grupo reducido: apenas un 9% se identifica con el “oficialismo cerrado” (apoya al gobierno en cualquier circunstancia) y un 6% con la “oposición cerrada” (critica al gobierno sistemáticamente). En conjunto, estos sectores de posiciones rígidas representan el 15% del electorado.
“Estos son, en general, los que vemos más en las redes sociales y repercusiones mediáticas”, señaló Bottinelli, al destacar que hay sobrerrepresentación manifiesta de estas voces en el debate público. En cambio, la gran mayoría de las personas se sitúa en espacios de mayor flexibilidad. Un 22% se reconoce en un “oficialismo abierto” (votantes del gobierno que reconocen valores en la oposición), un 18% en una “oposición abierta” y un 13% como “dialoguista” (sin posición partidaria y a la espera de definiciones pragmáticas). Así, 5 de cada 10 uruguayos ocupan estas posiciones intermedias. Pero más allá de estas personas con mayor o menor inquietud en los temas políticos, hay un 28% de la población que se divide entre un 9% que se declara simplemente “desinteresado” en la política y un 19% que expresa un “descreimiento” activo hacia ella. Un 4% adicional no supo o no quiso opinar. Un dato llamativo es la evolución temporal: al comparar con un estudio similar de agosto de 2025, si bien el posicionamiento general se mantuvo estable, se detectó un “leve incremento” en las posturas cerradas, que pasaron de representar un 10% a un 15% en diciembre, lo que en gran medida habla de que hay grupos cerrados a cal y canto a aceptar otras posturas ajenas a las que postulan, lo que habla de un grado creciente de intolerancia y hasta fanatismo, llegado el caso. Un elemento que surgió de esta consulta indica que se da que a menor edad, mayor desinterés: La proporción de personas que manifiesta falta de interés en la política disminuye a medida que aumenta la edad. A su vez, a mayor edad, mayor descreimiento: en cambio, la postura de desilusión o falta de fe en la política aumenta con los años, lo que sugiere que los jóvenes tienden a percibir la política como algo ajeno o no relevante, mientras que los adultos, con mayor experiencia y seguimiento histórico, desarrollan una desconfianza más fundamentada hacia el sistema. Debe tenerse presente que otro estudio reciente de Factum, también de diciembre de 2025, ofrece un contexto clave: ante la pregunta de quién está actuando mejor en el período, el 59% de los uruguayos consideró que “ninguno de los dos”, ni el gobierno ni la oposición. Solo un 26% opinó que el gobierno actúa mejor y un 13% que lo hace la oposición.
También tiene que ver que estas apreciaciones subjetivas se dan en un electorado que a grandes rasgos, y según se manifiesta en cada acto eleccionario, se divide en dos grandes bloques ideológicos, con no más del 20 por ciento de los electores que fluctúan entre una u otra posición, que definen las elecciones, según su apreciación de cómo marchan las cosas y las expectativas satisfechas o a satisfacer.
Viene a cuenta de este escenario el análisis que formula el sociólogo español Manuel Castells, en el sentido de que hay una crisis global del sistema representativo que tiene que ver con la distancia entre élites y ciudadanía: “La gente no cree en quienes gobiernan, en quienes la representan, no cree en nada. El gran problema es lo que llamo la crisis de la gestión de la crisis”, sostuvo al respecto. “Hay un rasgo común, desgraciadamente. Es lo que con mi amigo y colega Fernando Calderón hemos estado investigando durante una década y que acabamos de publicar en La nueva América Latina. Vemos crisis constantes, no ya económicas, sino crisis de legitimidad política que se resumen en una sola cosa: la gente no cree en quienes gobiernan, en quienes la representan, en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en nada. Eso es lo que está pensando la mayoría de los ciudadanos de muchos países. Es un fenómeno global, pero en América Latina las instituciones democráticas son aún más débiles”, consigna, en tanto considera que “hay corrupción del Estado, hay destrucción de los propios partidos políticos, y actores políticos que se destruyen los unos a los otros, utilizando la destrucción de la confianza política en el otro. Pero eso luego te llega a ti, y todos pierden porque nadie se fía de nadie”.
Es cierto, aquí estamos en una conclusión tremendista, pero con una cuota parte de razón, porque gran parte de la población, con el paso de los años, ve que se suceden los partidos en el poder y siguen sin tener respuestas a problemas que datan de muchos años. Estos ciudadanos perciben que hay una brecha significativa entre la política institucional y las expectativas públicas, considerando que temas como seguridad, empleo, salarios, educación y salud, dan más lugar a debate y pase de facturas entre políticos, que a un esfuerzo genuino, colectivo y por lo alto, para dar respuestas a estas problemáticas.
Ello explica, en gran medida, el descreimiento al que hace mención la consultora, y plantea que el sistema político, los políticos en general, no han estado a la altura de las circunstancias, porque por regla general, salvo algunos temas puntuales y urgencias, han primado hasta ahora intereses personales, sectoriales y partidarios, por sobre el interés general. Y ello no le hace ningún bien a la democracia.





