Impensado 2020

Cuando nos saludábamos hace 12 meses para desearnos buenos augurios en 2020, nunca, jamás, imaginamos lo que nos esperaba este año que concluye hoy. En un mundo que piensa sabérselas todas, quedó clarísimo que existen cosas que escapan al control humano, a su desarrollo, a su ciencia, a la tecnología. Para el mundo entero, ha sido una gran lección. Solo cabe esperar que aprendamos de ella, que valoremos más lo que tenemos, y lo que no, que dignifiquemos la vida humana en una mayor dimensión.
La pandemia del coronavirus COVID-19 marcará por siempre el año 2020. El año del coronavirus. El año del COVID. Así nos referiremos a este 2020 lleno de sorpresas y desafíos. Si bien el nuevo coronavirus fue descubierto en la segunda mitad de 2019, se convirtió en pandemia meses después: el mundo entero, poco a poco, fue cayendo y presentando miles y miles de casos, cerrando fronteras, confinando poblaciones y declarando toques de queda. También, muchas muertes por esta causa.
En Uruguay, todo comenzó el viernes 13 de marzo con los primeros tres casos. El gobierno atinó a declarar la emergencia sanitaria nacional y a implementar restricciones. Las clases pasaron a ser virtuales, el teletrabajo se masificó, las fronteras se cerraron, los shoppings dejaron de funcionar. Si bien el país estaba lejos de los registros de otras naciones, la incertidumbre por el COVID-19 dejaba paralizado a todos. Las calles se vaciaron y durante unos tres meses, la actividad se redujo de forma drástica.
Pasado ese tiempo, comenzaron a reactivarse muchos sectores de la economía, las clases volvieron a ser presenciales, en tanto se iniciaban los torneos deportivos, con estrictos protocolos sanitarios. Con el alcohol en gel y el tapaboca como elementos estrella del momento, el uruguayo parecía cómodo ante su realidad, la de pocos casos diarios. En junio llegó a haber solo 12 casos activos.
Quizá una confianza desmedida de la población, la lógica movilidad de la ciudadanía para acudir a sus quehaceres, las aglomeraciones inentendibles –marchas y manifestaciones que bien pudieron evitarse–, las fiestas clandestinas, también algunas faltas de control en el ingreso por aire y mar al país, hicieron que Uruguay finalmente viva ahora su primera ola de coronavirus, a decir del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH).
Vamos a cerrar el año con un incremento sostenido de contagios diarios, y con más muertes. Pese a esto, el movimiento en general es alto, con muchedumbres en lugares de esparcimiento –acá en Paysandú es notorio lo que sucede en la zona de la costanera–, y en centros comerciales.
Que el público se manifieste menos desinhibido ante el COVID-19 ahora que hay muchos más casos que en marzo, abril y mayo, significa que se dejó atrás esa sensación de enfrentarse a lo desconocido; o quizás demuestra un cierto hartazgo en la población. Sorprende, de todas maneras y más allá de que el uso del tapaboca se ha masificado significativamente, esa pérdida de noción del peligro, de contagiarse y contagiar a otros. Sucedió en Europa durante el verano boreal; una relajación total del público llevó a que casi todos los países del viejo continente vivieran una segunda y una tercera ola de la pandemia del coronavirus. Lo que puede cambiar ahora, para nosotros y la región, es que la vacuna –si es efectiva, claro está– traiga el remedio definitivo y no se llegue a alcanzar más olas en los contagios.
Este 2020 nos recuerda que en esta vida nada está asegurado. Parece una frase hecha, pero nada más real en el contexto actual. En nuestras sociedades occidentales, en las que predomina el éxito material por sobre todas las cosas, que un virus venga a estorbarnos de esta manera significa una gran lección para la soberbia de las personas y los pueblos. Toda la ciencia, toda la tecnología, todos los saberes: todo puesto en duda por un virus que no hace diferencia alguna. Ataca a todos por igual.
Este 2020 nos ha puesto a prueba. Mandó a los niños a casa durante meses en los que debían estar en sus respectivas aulas; las competencias deportivas, y la actividad personal deportiva se vieron disminuidas; los comercios observaron su impacto negativo en algunos aspectos –en Paysandú, cabe consignar, se beneficiaron por el cierre del puente–; muchos debieron aprender a teletrabajar; otros a tomar mayores cuidados por ser población de riesgo, con lo que conlleva esto para la familia. También nos enseñó a ser más pacientes, a cambiar de rutina, a divertirse menos, a no poder ir a ver un partido de fútbol, a pensar más en los demás.
Mañana arranca 2021. Tendremos por delante varios meses con la misma dinámica y, quién sabe, con alguna restricción más si así lo dispone el gobierno. Lo mejor será no esperar mucho y dejarse sorprender. Hacerse a la idea que la situación estará incambiada por un buen tiempo y que se demorará el retorno a la normalidad. Esa normalidad que no será tan normal a partir desde que se crea que todo se encuentra bajo control.
La pandemia del coronavirus viene siendo la gran lección del siglo. Un virus que salió de China –enormes sospechas acerca de cómo se originó– y que salió a recorrer el mundo para dejar secuelas. Que este 2021 lo enfrentemos con cautela y valentía, con optimismo y con realismo. Salud.

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