Cuando el país comienza a vibrar en modo de campaña electoral, resulta necesario que los asuntos públicos que nos involucran a todos se transmitan de forma atinada. La confusión y el exceso que destilan algunos vocablos utilizados para emitir el mensaje es el reflejo de los tiempos que corren.
Sin embargo, se puede transmitir preocupación o euforia sin herir el lenguaje político. A lo largo de su historia moderna, Uruguay ha tenido ejemplos claros de oradores con manejo magistral de la dialéctica. Incluso algunos dieron cátedra de tino y prudencia en las horas más complicadas de la República hace, por estos días, medio siglo.
En los últimos tres años el planeta atravesó por una pandemia sanitaria y –aún– la guerra en una zona de alta producción de granos y gas que obligó a recalcular costos a las economía de los países e instrumentar nuevas estrategias en un contexto acostumbrado a negociar a través de la diplomacia. A nivel nacional, a poco de comenzar la emergencia sanitaria a inicios de la actual administración, una recolección de firmas impulsada por múltiples fuerzas para eliminar artículos de una ley de urgente consideración que delineaba el programa de gobierno. Y en los últimos meses, una histórica sequía enquistada en la zona más poblada del país.
La falta de lluvias en las cuencas complicadas agravó el déficit hídrico, los embalses llegaron a niveles críticos y el agua disponible hoy se calcula en días. La mezcla de agua del río de la Plata y del Santa Lucía con el objetivo de que alcance hasta que llueva, genera valores de salinidad por encima de lo acostumbrado y expone al Ministerio de Salud Pública, junto a OSE y otros organismos, a nuevas estimaciones y revisiones.
El lenguaje desempeña un papel fundamental en estas coyunturas de dificultades porque son la antesala de transformaciones, deseadas o no. Y ha resultado difícil encontrar en el espectro político uruguayo de los últimos tiempos un manejo prudente de la forma de comunicar.
Las redes sociales hacen su parte, pero la madurez política debe estar por encima de cualquier publicación. Así como una convocatoria a conferencia de prensa. Como la última que brindó la intendenta de Montevideo, Carolina Cosse, con el fin de difundir el resultado de un documento elaborado por la Facultad de Medicina sobre los riesgos de consumir agua de OSE en la zona metropolitana. Un informe científico de cinco páginas fue resumido en un párrafo, donde el énfasis estuvo en la vinculación de malformaciones en fetos si las embarazadas consumen agua con elevados índices de trihalometanos. Un término que, a estas alturas, una gran mayoría de la población ni siquiera sabía de su existencia, así como el denominado tratamiento por “ósmosis inversa”. El manejo cotidiano de términos y procesos científicos es el resultado de estas circunstancias. Sin embargo, es imperioso que quienes se encuentran en lugares clave para la toma de decisiones envíen los mensajes con cautela. El embarazo es un período particular en la vida de cualquier mujer, con altos niveles de sensibilidad. Por lo tanto, lo que se diga puede provocar reacciones diversas.
El decano de la Facultad de Medicina, Arturo Briva, pidió en un comunicado “evitar situaciones de alarma en la población”. Porque ya hay una población alarmada, fundamentalmente son quienes padecen algunas enfermedades crónicas. Y llevar una mayor preocupación no tendría sentido alguno.
Tal como lo dice el decano en su informe central y que no fue leído durante la conferencia de prensa: “La evidencia sobre los riesgos en el embarazo de condiciones ambientales es siempre compleja por lo multifactorial de los resultados perinatales. Lo multifactorial y complejo de su análisis lleva a publicaciones contradictorias, que deben interpretarse con cautela”. La carga emocional con la que se transmitió dicho informe es una cuestión aparte. Pero es claro que no debe perderse el enfoque del problema. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió.
Hoy, un espectro político –conformado por propios y ajenos– critica las declaraciones de la intendenta Cosse. No obstante, debería ser un aprendizaje para todos aquellos que a diario utilizan la verborragia como una forma habitual de comunicación. Y eso que se ha tornado habitual no resulta sano.
Ya han visto todos cómo se contamina el ambiente político y genera duros intercambios que mantiene distraída a una población que requiere soluciones. Porque las inversiones estuvieron ausentes y quienes hoy hacen leña del árbol caído ocuparon cargos importantes de gobierno.
Cuando hubo dinero, se resolvió gastarlo en otras obras y hoy vuelcan su ira en las redes sociales. Son los mismos que se compadecen con los sectores más vulnerables de la sociedad que siguen viviendo en los mismos asentamientos desde hace décadas. Es decir, no pudieron sacarlos de allí ni mejorar sus condiciones,pero ahora exigen que se haga.
Todo eso puede constatarse a un solo click de Google. Pero el problema es de quienes hoy viven de un salario y perciben que tienen gastos extras. Esa población convive con quienes discuten sobre temas que debieron resolver y no lo hicieron.
La diversidad de opiniones tiene que coexistir en democracia; ya sean afines o en la discrepancia, deben tender a la contención. No hay que acostumbrarse a descalificar ante el desacuerdo y hoy es notoria la tentación a los reproches. La vehemencia y la convicción van por un lado y son posibles en la política. Pero la pérdida de respeto al público y entre opositores pone de manifiesto que –a veces– a la democracia conviene apapacharla, como dicen en México, refiriéndose a cuidar y tratar bien a lo que sea.
También sería útil recordar que en los seres humanos hay una tendencia psicológica hacia los aspectos negativos. Ver lo malo siempre condicionará a las interpretaciones de quienes escuchan. Y cuanto más se demonice a un rival, se acrecentarán los personalismos para influir en los votos.
Por eso, lo del principio. Uruguay comienza a descorrer el velo y a vivir en modo de campaña electoral. En realidad, esto recién comienza.