Juan Volpe contó su pasión por el tango y por qué cada día es “desafío” y “esperanza”

Juan Ernesto Volpe durante la entrevista con Pasividades en la sede de Cajupay.

Desde este año, Juan Ernesto Volpe (69) ofrece clases de tango en Cajupay, y si bien se considera sólo un aficionado, reconoce su pasión por este ritmo rioplatense, que descubrió ya en su adultez cuando asistió –con fines recreativos– a sus primeras clases con los profesores Camila Sotelo y Gabriel Silva, y perfeccionó años más tarde con los talentosos Gaspar Godoy y Carla Mazzolini.

Su niñez transcurrió en un barrio de Leandro Gómez, entre las entonces calles Carrera (Verocay) y Europa (Felippone), entre las casas de sus abuelos maternos y paternos, y “al lado de la gomería de mi abuelo”, en una familia de 7 hermanos y 2 hermanas. Era “una familia linda, con mucha armonía, mucha unidad”, recordó, resumiendo que fue “una infancia linda”. Concurrió a la Escuela N.º 2 y recordó con especial cariño a “dos maestras maravillosas que no me olvidaré nunca, Hita y la ‘Porota’ Barbato, las dos una ternura de personas”.

“Después empecé a trabajar en la gomería con mi tío. Eran otros tiempos, o se trabajaba o se estudiaba” y así “empecé aprendiendo lo que era el oficio de la familia y fui creciendo. Luego con un cuñado trabajé de carnicero y terminé de peluquero. Son distintas etapas que se van dando en la vida. Comencé con la peluquería más o menos a los 28 años y estuve 20 años y pico hasta que me enfermé del corazón”, relató.

Con tan sólo 48 años, “se me enfermaron las coronarias y empezaron a producir un colesterol que me tapaba las arterias”. A raíz de ello, le debieron realizar “una angioplastia, que fueron 2, después 3 y hoy por hoy tengo 9, 16 stent y 2 extensiones”, contó, a la vez de manifestar su agradecimiento y reconocimiento al Dr. Sandro Carrea, “excelente” profesional que apenas hizo la consulta, le realizó estudios y lo derivó a Montevideo, donde han tenido lugar las distintas intervenciones que mencionó.

Para nuestro entrevistado convivir con esta enfermedad, “pasa por la parte psicológica” y por asumir “su discapacidad”, que en realidad “yo no la siento, porque seguí haciendo deporte, aunque no en forma tan exigente, pero sí caminaba, hacía bicicleta y lo único que no puedo es levantar peso, pero lo demás, normal. No siento secuelas ni me siento enfermo, no me siento como una persona que tiene una patología crónica, sino una persona normal con mis limitaciones como una persona mayor”, aseguró.

El tango

“El tango llegó como una forma de hacer un ejercicio entretenido y lo encontré como una recreativa y así descubro que había una pasión oculta por el tango y lo empiezo a bailar”, comentó.

A partir de la recomendación médica de realizar ejercicio físico, encontró en esta actividad una alternativa y comenzó “con Camila Sotelo y Gabriel Silva, dos maestros jovencitos, una ternura de personas”, señaló. Luego, “surge una nueva propuesta a través de la Intendencia con las clases de dos maestros sensacionales, con una trayectoria a nivel mundial, como son Gaspar Godoy y Carla Mazzolini”, continuó diciendo, asegurando que “cuando tuve la posibilidad de aprender tango con estos dos maestros fue la felicidad completa, o sea, el sueño hecho realidad”.

“Empiezo a tomar las clases con ellos, en aquel momento por la pandemia en el Balneario Municipal, y después en el Espacio Cultural Gobbi, donde hasta el día de hoy se siguen brindando unas clases maravillosas”, afirmó.

Recientemente aceptó la invitación de directivos de Cajupay a dictar clases de tango en este espacio y “así empezamos este desafío hermoso por todo, por lo que es el tango, por la gente que compone el grupo, por la armonía que hay cuando damos las clases”, dijo entusiasmado. “Son clases de una hora, pero terminamos en casi dos horas y no nos damos cuenta, porque los minutos se pasan volando y creo que eso pasa cuando hay una armonía, una alegría del grupo, un entretenimiento”, aseguró.

Reafirmando una y otra vez el talento de sus maestros, también reconoció a “gente que venía trabajando en Paysandú hace más de 50 años por el tango”, como “Rosita Rava, otra genia total, y Julio Maidana”. En este sentido, recordó que “Rosita sigue con otro grupo de tangueros ofreciendo las tanguerías de ellos en Centenario todos los sábados”, por lo que invitó al público a asistir “porque son unos bailes hermosos para gente grande y otros no tan grandes también, donde se pasan momentos muy divertidos”.

“Lo mismo acontece cada 15 días en el Espacio Cultural Gobbi, que este viernes 26 inicia la primer tanguería de 2024”, refirió, a la vez de enfatizar en el papel que le cabe a la Intendencia por hacer posible este espacio con estos dos profesionales de esta magnitud “enseñando tango y totalmente gratis. Es algo maravilloso, hay que reconocerlo y merece todo el apoyo de la gente de Paysandú”. Esa “confianza” que ganó en ese proceso de aprendizaje junto a estos dos maestros, Godoy y Mazzolini “me llevó a aceptar” la propuesta de Cajupay “y hoy por hoy estoy acá, que es otro lugar maravilloso como el Gobbi, con otro tipo de gente, con otra armonía, pero bellísimo igual. Y estoy dando todo lo que aprendí de estos profesionales”, aseguró.

“CADA DÍA ES UN DESAFÍO, UNA ESPERANZA”

“Me considero una persona feliz porque tuve la dicha de nacer y criarme en una época en que no existían los celulares, la tecnología no estaba, la diversión era jugar a la bolilla, jugar al fútbol en la calle. En aquellos años no había el parque automotriz que hay ahora en Paysandú; yo nací y me crié en calle Leandro Gómez, y jugábamos al fútbol en la calle, lo que hoy sería imposible”, reflexionó al referirse a su infancia.

A la vez, “fue una adolescencia y una juventud linda” y “en la parte laboral hice el trabajo que a mí me gustaba así que lo disfruté. Y, hoy por hoy feliz de la vida, y que Dios a pesar de todas mis patologías me siga extendiendo días de vida para seguir disfrutando de esta gente como yo, esta gente linda con muchos atardeceres”, agregó.

“Para mí es lo más lindo de la vida y lo más reconfortante, por lo cual me despierto y le doy gracias a Dios por un nuevo día de vida, porque cada día es un desafío, una esperanza, una ilusión de que algo lindo va a suceder. Es lo que me llevó a vivir y a seguir adelante”, concluyó.