El algoritmo de Euclides es un método eficiente para calcular el máximo común divisor (MCD) de dos números enteros mediante divisiones sucesivas. Se basa en el principio de que el MCD de dos números no cambia si el número mayor se reemplaza por el residuo de dividirlo por el número menor. Este método fue descrito por el matemático griego Euclides en su obra Elementos y es uno de los algoritmos más antiguos utilizados en matemáticas.
No solo se utiliza el algoritmo de Euclides (ca. 325–ca. 265 a. C.) para este cálculo. Tiene múltiples aplicaciones, por ejemplo, en la simplificación de fracciones, en la teoría de números y, de manera no menor, en la criptografía, para algoritmos de cifrado y seguridad de datos. Este algoritmo es fundamental tanto en matemáticas como en computación.
Pero el término “algoritmo” no es nuevo. Proviene del latín algorithmus y del apellido del matemático persa Al-Juarismi, latinizado como Algorithmi. Uno de los algoritmos más antiguos de la matemática se atribuye a Euclides, a quien ya referimos en el párrafo anterior.
Todos le señalan…
Hace ya mucho tiempo que se señala que el problema es “el algoritmo”. Bueno, lo primero es que el algoritmo es una invención humana. Por lo tanto, si hubiera un error de diseño, un propósito inmoral en su formulación o si todo el algoritmo fuera un plan frustrado, el problema recae en quienes lo formulan y lo desarrollan.
En informática, se llama algoritmo a una “secuencia de instrucciones u operaciones específicas que permiten controlar determinados procesos”. Dicho de otro modo, se trata de conjuntos finitos y ordenados de pasos que nos guían para dilucidar un problema o alcanzar una decisión. Aunque para la mayoría sea una incógnita o un concepto más bien intuitivo, todo parece obedecer hoy al mandato de los algoritmos. Casi como un aporte a la invisibilización de los responsables reales y operativos, los algoritmos se han vuelto omnipresentes gracias a la automatización digital. Se trata de desarrollos sofisticados que controlan el funcionamiento de las redes sociales y de los buscadores de internet, entre otras prestaciones de software, para ofrecer al usuario una “experiencia personalizada”.
En informática, estos algoritmos son los responsables de regular el funcionamiento de las redes sociales y de los buscadores de internet. Pero son desarrollos empresariales e ideológicos, que no son azarosos ni mucho menos neutros.
En el desarrollo de software, los algoritmos describen los pasos de un proceso que luego se programan para que el computador los ejecute. Dicho en otras palabras, los algoritmos definen la lógica de funcionamiento que posteriormente se traduce en código ejecutable.
Una aproximación conceptual más propia de los expertos sostiene que “un programa informático puede considerarse como una serie compleja de algoritmos ordenados y codificados mediante un lenguaje de programación para su posterior ejecución en un sistema informático”.
Clasificación de los algoritmos
Un primer criterio descriptivo, basado en la función que cumplen, permite clasificarlos con mayor claridad:
De búsqueda
De ordenamiento
Predictivos
Probabilísticos
De optimización
Llegamos así a la zona más caliente: la de los algoritmos de redes sociales y de distribución de contenidos. Estos algoritmos no son sistemas neutrales ni abstractos, sino dispositivos diseñados por empresas concretas, con intereses económicos y posiciones políticas definidas, que influyen activamente —y en algunos casos de manera agresiva— en la experiencia ideológica de los usuarios, como ocurre en plataformas como X.
Para ser más claros y directos: la autoría de los algoritmos de distribución de contenido corresponde a empresas específicas cuyos intereses y posicionamientos políticos se inscriben en el diseño mismo de estos sistemas, convirtiéndolos en herramientas de intervención ideológica más que en mecanismos neutrales de organización de la información.
Ejemplos hay, y variados…
Plataformas como X han sido señaladas por priorizar contenidos alineados con determinadas posiciones políticas o ideológicas, aumentando su visibilidad mediante recomendaciones, tendencias o interacciones destacadas, mientras relegan o invisibilizan voces críticas.
También se observa la aplicación selectiva de políticas de moderación, donde ciertos discursos de odio, desinformación y acoso permanecen activos si provienen de actores alineados con la orientación política dominante de la plataforma, mientras otros contenidos son sancionados.
Existen, además, estructuras que premian la confrontación, el racismo, el odio y la simplificación ideológica, empujando a los usuarios a consumir contenidos que refuerzan determinadas visiones del mundo.
A esto se suman prácticas como la administración de las tendencias y el shadow banning, es decir, la supresión silenciosa de contenidos. Son múltiples los mecanismos, como la selección de temas “en tendencia”, que responde a decisiones editoriales algorítmicas destinadas a favorecer o excluir determinados marcos narrativos. También la reducción del alcance de ciertas cuentas o temas sin explicación explícita afecta los derechos de activistas, periodistas críticos y movimientos sociales incómodos para la línea político-empresarial de la plataforma.
En suma, se trata de una burla democrática grave y sigilosa: la penalización algorítmica de medios pequeños, comunitarios o alternativos frente a grandes conglomerados mediáticos con mayor capacidad de inversión publicitaria y alineamiento político con el poder concentrado.
¿Somos libres así?
No, obviamente que no. Se trata de una forma de autocracia que administra la opinión social sobre los temas en los que desea incidir, de acuerdo con intereses económicos y políticos, instalando asuntos que apelan a “rescatar” los peores valores.
En un entorno en el que algoritmos opacos fueron diseñados para actuar como los sheriffs de una aldea invisible, la libertad deja de ser plena y se transforma en condicionada. No se prohíbe hablar: se limita. No se censura: se “jerarquiza ideológicamente”. No se impide informarse: se encierra al usuario en laberintos previamente filtrados.
Desde esta perspectiva, se trata de una libertad administrada, donde las condiciones materiales de acceso a la información y de circulación del discurso están severamente controladas por actores privados invisibilizados, con intereses propios.
La pregunta ya no es solo si somos libres, sino qué tipo de libertad es posible cuando los espacios centrales del debate público están gobernados por lógicas empresariales y algoritmos ideológicamente cargados. La libertad formal persiste; la libertad sustantiva, en cambio, se encuentra seriamente erosionada.
Los algoritmos no solo organizan y priorizan información, sino que participan activamente en la producción de sentido, poder y hegemonía en el ecosistema digital contemporáneo, cada vez más contaminado y arbitrario.
Ha desaparecido el profundo concepto del interés general: el de organizar la vida social de modo que el poder, la libertad y la igualdad de oportunidades frente a los recursos y la información estén orientados al bienestar colectivo y no subordinados a lógicas arbitrarias y excluyentes.
Así de antidemocrática es la manipulación digital en la era del algoritmo que nos ha tocado en suerte.