En estos tiempos está de moda la neurociencia, es decir, la ciencia que estudia el cerebro, la máquina más compleja que existe, y que ninguna IA podrá jamás superar, porque el cerebro tiene plasticidad, tiene espiritualidad, no es una estructura rígida y puede evolucionar, puede transformarse con los pensamientos, las emociones y la experiencia. La fe tiene un gran poder: abre la parte del cerebro que encuentra soluciones a los problemas.
Algunos neurocientíficos, escaneando repetidas veces el cerebro de quienes rezan y meditan, han comprobado que la oración y la meditación fortalecen las áreas del cerebro responsables de la concentración, la empatía y la toma de decisiones, activan las neuronas y reducen al mínimo el estrés y la ansiedad. De modo que están convencidos de que no hay oposición entre ciencia y fe. Reconocen que todo ser humano tiene una tendencia, consciente o inconsciente, a conectarse con un ser superior.
Es impresionante la complejidad del universo, algo que ninguna IA podrá nunca entender. Esa complejidad no puede haber salido de la nada; hay un creador.
El mismo asombro inexplicable ocurre cuando se investiga y aprende sobre el ADN: se comprende que esas muy pequeñas partículas que contienen toda la información genética de cada ser vivo solo pueden ser creadas por un ser superior a todo. Cuando se observa la naturaleza, ordenada en su origen; cuando se descubren las constantes físicas del universo, las leyes que lo rigen con precisión; cuando se descubre que existen otras dimensiones, se debe reconocer que existe una inteligencia superior, un creador.
El caos ocurre cuando los humanos depredan la naturaleza, actuando en su contra.
Hace pocos días falleció en Francia Edgar Morin, filósofo, sociólogo, político, escritor y humanista de este tiempo. Tenía 104 años y aún seguía predicando, advirtiendo sobre los peligros que enfrenta la humanidad, los nuevos autoritarismos y las tendencias destructivas del ambiente y la solidaridad. Su pensamiento tiene hoy más vigencia que nunca. En una de sus últimas entrevistas hablaba de la gran duda existencial que ningún científico ha podido resolver: ¿de dónde venimos y hacia adónde vamos? Llamaba a la unión y la solidaridad, la cooperación, la paz, al fomento de la educación y la cultura entre las naciones.
Fue un referente mundial del pensamiento complejo. Enseñó que para comprender la realidad tenemos que reconocer su complejidad, aceptar la incertidumbre y cultivar el diálogo entre conocimientos, culturas y generaciones. Según la Uclaeh, “estamos navegando en un océano de incertidumbre, a través de archipiélagos de certeza”. Entiendo que quiere decir que tenemos conocimientos fragmentados sobre cada fenómeno, persona, situación o hecho, porque nada es simple, todo es complejo.
Dice el filósofo y periodista italiano Umberto Eco: “Demasiada información es ninguna información”. Y la IA nos da una respuesta única, no tiene creatividad, promueve el pensamiento único, opuesto al pensamiento crítico que, según entiendo, es el pensamiento complejo del que hablaba Morin.
Morin hablaba de la distinción entre una cabeza llena de datos sueltos, vacía de sentido, y una cabeza bien puesta, con pensamiento complejo. Porque eso es lo importante: el pensamiento complejo, el pensamiento de una mente abierta que confronta sus datos, que investiga y crea. La gran carencia de nuestro tiempo es la falta de conexión entre los datos reales. De esa falta de conexión surgen las divisiones, la negatividad, la desinformación, la información errónea o malintencionada.
Dice Santi García, pensador español: la avalancha de información no deja de crecer, estamos cada vez más conectados, pero es cada vez más difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso. Sufrimos un déficit de atención generalizado y la opinión pública es cada día más fácil de manipular. Tenemos que reivindicar el pensamiento crítico. Porque una sociedad que valora el pensamiento crítico puede generar soluciones creativas a problemas complejos, es más inclusiva y abierta a diferentes perspectivas y enfoques, más capaz de resolver conflictos y trabajar de manera cooperativa, más propensa a valorar la educación. Además, las decisiones políticas, económicas y sociales tienden a ser más sólidas, más basadas en la realidad.
Es muy preocupante el uso continuo de los celulares, que tienden a uniformizar el vocabulario y el pensamiento, y que anulan el pensamiento complejo, tan necesario para enfrentar los desafíos que nos presenta la vida. Es necesario, para desarrollar y activar el cerebro, para tener la cabeza bien puesta. Corremos el peligro de futuras generaciones embrutecidas, como decía un padre francés en un video.
La IA es útil y beneficiosa en ciertas situaciones, pero también puede conducir a decisiones impulsivas, a la superficialidad del pensamiento, a la falta de reflexión y escasa atención a los detalles. Todo lo opuesto al pensamiento crítico y complejo.
Opina David Espeleta, neurólogo español: “La IA está desajustando el cerebro de las personas. Estamos delegando nuestros pensamientos en la IA”. El abuso puede desplazar el esfuerzo neurológico y afectar las capacidades cerebrales: concentración, razonamiento, toma de decisiones, equilibrio emocional. Y termina diciendo: no olvidar la alimentación adecuada, el ejercicio frecuente, hablar con personas “de carne y hueso”, leer de forma inmersiva y subrayar en papel, escribir a mano y usar la tecnología con “cabeza y mesura”.
En otras palabras, como decía Morin, tener la cabeza bien puesta.
La Tía Nilda


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