Leyendo un diario local, sorprendió gratamente la postura de un edil oficialista que defendió a dos ediles de Montevideo enviados al Tribunal de Ética de su partido por votar favorablemente un préstamo –o, con mayor elegancia financiera, un fideicomiso– de 200 millones de dólares solicitado por el intendente capitalino del Frente Amplio.Y hay que decirlo: defender la autonomía de criterio y la libertad de conciencia es saludable. Porque si cada voto distinto termina en un tribunal, los partidos corren el riesgo de convertirse en academias de obediencia y no en espacios de debate.Hasta ahí, aplausos.Pero con el mismo respeto corresponde recordar que apoyar sin reservas toda acción del Ejecutivo departamental también tiene riesgos. Porque una cosa es acompañar una gestión y otra muy distinta es aplaudirlo todo, incluso aquello cuyos resultados están a la vista.Tomemos como ejemplo los “Senderos del Río Uruguay”, en el tramo Obelisco–Juan Carlos Henderson. Una obra presentada con bombos, platillos y renders de ensueño, incluso con la participación de una paisajista sanducera radicada en Europa. Todo muy internacional y sofisticado.
El problema es que la naturaleza tiene la mala costumbre de no leer los folletos publicitarios.Y así, donde muchos esperaban un paseo que realzara el río, aparecieron especies vegetales que, para el ciudadano común, se parecen más a yuyales de campo que a un diseño paisajístico de vanguardia. Tal vez el concepto artístico aún no haya sido comprendido por el resto de los mortales.Pero la vegetación es apenas parte de la historia. La carpeta asfáltica ya requirió reparaciones y algunos cordones presentan fisuras cuando todavía deberían lucir como recién inaugurados. Y aquí no hablamos de estética, sino del dinero de todos.
Porque las obras públicas no se pagan con aplausos ni discursos; se pagan con impuestos. Y cuando una obra necesita arreglos prematuros, surge una pregunta inevitable: ¿hubo problemas de ejecución, control o dirección técnica? El segundo ejemplo son las dársenas de 18 de Julio. La intervención eliminó más de treinta lugares de estacionamiento en pleno centro y, como compensación, se plantaron árboles que –según las mejores proyecciones– brindarán sombra dentro de cinco años.
Es decir: hoy se pierden espacios y, con paciencia, quizá el beneficio llegue en un lustro. Una inversión tan a largo plazo que algunos automovilistas tal vez la disfruten ya jubilados.Y si hablamos de normas, merece capítulo aparte la ocupación de veredas por parte de las automotoras. Mientras al ciudadano común se le exige cumplir ordenanzas y pagar tasas, algunas automotoras parecen habitar una dimensión paralela del derecho administrativo. Los últimos tres directores de Tránsito han observado el incumplimiento con una serenidad digna de monjes tibetanos. Veredas ocupadas, vehículos en exhibición y una ordenanza que existe, aunque pareciera haberse convertido más en literatura de consulta que en norma de aplicación.Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿las ordenanzas son para todos o existen ciudadanos de primera y de segunda?La coherencia política es una virtud admirable, pero exige medir con la misma vara los errores propios y ajenos. Porque en democracia la lealtad más importante no es con un gobierno ni con un partido.
La verdadera lealtad es con el contribuyente, que financia las obras, soporta las decisiones y espera –quizás ingenuamente– que cada peso público sea administrado con el mismo cuidado con que administra el dinero de su hogar.
David Doti

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