A los 83 años, Mabel Rivoir Peyronel recibió a Pasividades en su cálido hogar y repasó su historia construida en base al trabajo, el compromiso comunitario y el amor. Junto a su esposo, Ulises Giano, compartieron seis décadas de vida en común, con una fuerte vocación por la enseñanza y la recreación como pilares del bienestar.
Nacida en Young, departamento de Río Negro, Mabel fue la mayor de tres hermanos. Sus padres, Víctor y Estela, se establecieron en la zona de la estación Bellaco, un enclave rural poblado por descendientes de inmigrantes valdenses. Allí transcurrió su infancia, entre tareas del campo, viajes en charretín hasta la escuela rural y actividades dominicales en la iglesia. “Fue una infancia muy linda”, recordó con emoción.
La vida en el campo marcó una forma de ver el mundo que perdura hasta hoy. Sus padres elaboraban queso, y ella hizo la secundaria en Young. Más adelante se trasladó a Paysandú, donde comenzó a vincularse con la Asociación Cristiana de Jóvenes, un lazo que sería clave en su vida.
DE YOUNG AL MUNDO: RAÍCES FIRMES, ALAS ABIERTAS
En la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ) conoció a Ulises, quien más tarde se convertiría en su compañero de vida. Ambos fueron formados como profesionales de esa institución, en el Instituto Técnico de Montevideo, una carrera terciaria que integraba los aspectos físico, espiritual y cultural del ser humano.
“Alma, mente y cuerpo”, resumió Mabel, al aludir al triángulo de la Asociación Cristiana, principios que los guiaron durante toda la vida. Allí compartió estudios con personas de distintos países de América Latina: “Éramos 20 y venían de todas partes de América, porque ese instituto era el único que había”.
Durante cuatro años mantuvieron un noviazgo a distancia. Se casaron apenas ella se graduó y comenzaron juntos un camino que uniría vocación y vida familiar.
LA ASOCIACIÓN CRISTIANA: UN CAMINO DE VIDA
En Paysandú trabajaron en la sede local de la ACJ, donde Mabel se desempeñó en el área de recreación y educación física. “Había jardín infantil, uno de los primeros que hubo en Paysandú”, rememoró. La labor allí fue intensa pero gratificante, hasta que razones económicas los llevaron a emprender de forma independiente.
Construyeron un gimnasio y una piscina, y durante dos décadas impulsaron actividades con niños y personas mayores. “Fue una etapa muy linda, porque nos llevamos muy bien, trabajábamos juntos y nos entendíamos”, contó.
Más adelante, ya jubilados, fueron convocados para encargarse de un parque campamento en Playa Fomento, en la costa de Colonia, vinculado a la iglesia valdense. Aceptaron primero por tres meses y se quedaron ocho años, hasta 2008. “Van grupos, familias, colegios de Montevideo… es un parque de siete hectáreas sobre la costa, con alojamiento para 200 personas”, describió.
ULISES Y MABEL, UN VÍNCULO INQUEBRANTABLE
El matrimonio fue también una sociedad en el más noble de los sentidos. Organizaron paseos, mantuvieron siempre el contacto con los grupos de adultos y nunca se alejaron del espíritu de servicio. “Pasaban 200 niños por verano en natación, y durante el año teníamos hasta cinco turnos de gimnasia para mayores”, recordó.
Los viajes, incluso tras la jubilación, fueron parte de la vida. Con el tiempo más libre, aprovecharon para conocer otros países. “Fuimos como seis o siete veces a Europa con Ulises”, dijo Mabel, quien destacó que una hermana suya tiene agencia de viajes y les facilitaba las posibilidades. Pero también valora profundamente los destinos locales y los encuentros sencillos: los desayunos en la rambla de Mercedes, los mates en la plaza Artigas o las excursiones a almazaras y bodegas.
“Hasta lo último estuvo organizando una excursión que íbamos a hacer en noviembre, pero él falleció en octubre”, cuenta con serenidad. “Dos días antes llevó a un turista italiano al aeropuerto y le explicó toda la historia de Casa Blanca, hizo de guía. Era muy compañero”.
LA GIMNASIA, LA AMISTAD Y EL ARTE DE ORGANIZAR
Hoy sigue organizando salidas con grupos de personas mayores. Uno de los destinos recurrentes es la Posada del Siglo XIX, en Daymán, donde viajan cada dos o tres meses. También vuelven cada febrero al campamento en Playa Fomento, adonde concurren desde hace 35 años. “Hay gente que tiene 90 años y sigue yendo porque ahí tienen la comida, la playa está cercana, estamos sobre la costa”, destacó.
Mabel no solo coordina alojamiento y transporte, sino que también se asegura de que los vínculos florezcan. “La riqueza está en los amigos”, afirmó, al explicar que muchas personas mayores necesitan espacios de encuentro. “Hay veces que están solas porque los hijos están ocupados en otra cosa”, apuntó.
REFLEXIONES QUE DEJAN HUELLA
Con 83 años, Mabel resume su filosofía con una claridad admirable: “Hay que preocuparse por las cosas importantes, no por de repente la cosa superflua”. Su lista de prioridades es concreta: “Comer bien, estar relacionado con los amigos, la naturaleza, no querer lo material, que es lo superfluo”.
Agregó que “no alcanza con la familia sola”, y que “el grupo de amigos es otro espacio que es necesario”. La vida en el campo le dejó el valor por lo simple: “Capaz uno no tiene todo lo que quiere, pero lo que tiene lo quiere, eso es importante”.
También confesó que ha sido feliz: “Sí, con el compañero que tuve, y los padres, mis hermanos, todos con buena relación”. Viuda desde 2023, conserva el cariño de sus tres hijos –Gerardo, Leticia y Cecilia–, de sus nietos Emiliano, Alejandro y Mateo, todos basquetbolistas, y de su bisnieto salteño, Benicio.
“Yo todavía tengo la suerte de haber vivido 60 años con Ulises y los hijos que están cerca”, dice, mientras hojea un álbum. Y en cada foto, el mate en mano. Un símbolo de compañía, de hogar, de ese calor que nunca falta cuando se vive con propósito.