Un año después, casi en el mismo lugar

La crisis de la COVID-19 empezó en Uruguay el 13 de marzo de 2020, con apenas cuatro casos, pero que motivaron el cierre de todas las instituciones de educación, pública y privada, y entiéndase cierre como la clausura de las clases presenciales para pasar a trabajar mediante plataformas virtuales.
Luego el avance de la pandemia permitió de a poco ir abriendo cada vez más servicios, y si bien nunca se llegó a recuperar el 100% de la presencialidad, la situación mejoró desde ese punto de vista y todo se encaminó como si ese fuese el único camino posible: el regreso a la normalidad. Se desconoció lo que ocurrió en otros países, incluso en otros más desarrollados y –podría pensarse– con mejores medios a su disposición para adoptar medidas preventivas.
Uruguay había hecho un trabajo muy bueno al comienzo de la pandemia, aprovechando la infraestructura que se había desarrollado en el país al impulso de propuestas innovadoras como el Plan Ceibal y apoyándose en otras inversiones que el estado había realizado, como la amplia cobertura de fibra óptica y de la red de telecomunicaciones, que permite una amplia penetración, aunque no alcanza al 100% del territorio.
Pero no bien se comenzó a avanzar en el regreso a la modalidad presencial en la educación, se abandonó el desarrollo de las posibilidades del medio virtual.
Podrá decirse que con el diario del lunes es fácil tomar decisiones, seguro que sí, pero no hacía falta tener el diario del lunes para ver lo que ocurría en esos otros lugares donde la pandemia, luego de grandes avances, mostró retrocesos importantes. Por alguna razón nos creímos el relato de que Uruguay era especial, que las cosas acá iban a ocurrir de otra manera, y dejamos pasar la posibilidad de fortalecer el instrumento de la educación por medios virtuales.
Pero qué quiere decir “fortalecer el instrumento”. En primer lugar significa proporcionar a los docentes los elementos adecuados, y no se interprete este elementos solamente como los medios materiales, no, esto debe incluir también a los elementos pedagógicos, porque nadie nació sabiendo informática ni conectado a Internet, ni mucho menos sabiendo emplear estrategias para mantener la motivación de los estudiantes cuando estos no están dentro de un aula, e incluso cuando se encuentran en un contexto en el cual es difícil mantener ya no la motivación, sino la concentración incluso, para poder incorporar conocimientos abstractos.
En marzo de 2020 la pandemia nos tomó por sorpresa, con las clases apenas comenzadas y hubo que arreglarse como se pudo, improvisando, aprendiendo, ensayando y corrigiendo, insistiendo y mejorando. Así se generó un conocimiento sobre esta modalidad de trabajo que nos pudo haber puesto en una situación de privilegio. La modalidad a distancia puede –y debe– ser una herramienta estratégica, para usarla no solamente en la educación formal, sino también como un instrumento para fortalecer las capacidades de los trabajadores que necesitan reconvertirse, a partir de una institución tan estratégica como subaprovechada como el Inefop. La potencialidad es enorme para llegar a zona rurales y pequeñas poblaciones en las que solamente se puede soñar con el acceso a una formación universitaria. Sin embargo, no ocurrió.
Transcurrió un año y parece que todo estuviese volviendo a comenzar de cero, salvo honrosas excepciones, pero además parece incluso que la línea de largada se hubiese colocado incluso más atrás que la vez anterior, porque da la impresión que todo el sistema estuviese envuelto en un gran desánimo, porque la expectativa general estaba puesta en mantener la presencialidad.
En todo este tiempo se pudo haber pensado en soluciones para los alumnos que no tienen conectividad en sus domicilios, se pudo haber generado materiales complementarios para apoyar el aprendizaje, se pudo haber investigado sobre las mejores experiencias en el manejo de la tecnología aplicada a la didáctica y a la pedagogía, pero en cambio da la impresión que todos estamos lamentando haber perdido esa presencialidad, que es irreemplazable, por supuesto, pero que estaba amenazada y que de ninguna manera debió haberse mantenido como apuesta única. También se pudo haber pensado en estrategias para que los padres o hermanos de esos niños pudiesen acompañar esos aprendizajes resintiendo lo menos posible sus propias ocupaciones.
En otros países se está recurriendo a medios alternativos, como la televisión o la radio, incluso mensajes de texto, para tratar de llegar a los alumnos de las zonas donde no existe cobertura. Aquí en Uruguay los niños (por lo menos la gran mayoría) ya tienen el equipamiento necesario, porque el mismo Estado se los había proporcionado antes.
Dejamos pasar la oportunidad de mostrarle al mundo cómo podía sostenerse y trabajar con eficiencia y eficacia un sistema educativo a distancia. El mundo nos hubiese visto –como en otros tiempos– como un país moderno, inmerso en el siglo XXI a pesar de las desventajas que tenemos en términos económicos. Y sin embargo acá estamos, lamentando de nuevo haber tenido que cerrar las escuelas.

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