En la práctica cotidiana del sistema tributario uruguayo, la igualdad ante la ley convive con una asimetría latente. Entre quienes pueden costear asesoramiento profesional y quienes no, se abre una diferencia que, según operadores del sistema, condiciona el acceso efectivo a derechos básicos frente a la administración fiscal.
“Hay una barrera entre el que puede pagar abogado y el que no”, dijo el contador y consultor tributario Santiago Orellano Abal a EL TELEGRAFO, y quien se encuentra en la búsqueda de alcanzar una defensoría del contribuyente. Desde su trabajo como perito judicial y asesor independiente, sostiene que esa distancia se expresa en trámites concretos, desde gestiones ante el BPS hasta dificultades para regularizar situaciones impositivas.
En su visión, la relación entre contribuyentes y Estado se sostiene sobre una estructura formalmente igualitaria, pero atravesada por desigualdades materiales en el acceso a información, defensa y acompañamiento técnico.
“Tenés trabas. A mí me ha pasado de acompañar a personas al BPS y yo voy con la ley, con el reglamento, con el código tributario, y tenés que lidiar con explicarle a personas que a veces no están capacitadas”, señaló.
El contador insiste en que no se trata de una lógica de enfrentamiento entre contribuyentes y administración, sino de un sistema donde la complejidad normativa y los procedimientos administrativos generan zonas de fricción. “Siempre se encuentran funcionarios capacitados, pero también hay una realidad que es un muro infranqueable a veces”, dijo.
Un debate que viene de larga data
La discusión sobre cómo equilibrar la relación entre el fisco y los contribuyentes no es nueva en Uruguay. Desde inicios de la década de 1990, con los aportes del jurista Ramón Valdés Costa, la literatura especializada ha señalado la existencia de figuras institucionales que no encajan del todo en el esquema clásico de poderes del Estado, como los tribunales fiscales o los defensores del contribuyente.
En 2008, el tema llegó a las Primeras Jornadas Tributarias organizadas por la Dirección General Impositiva, donde se debatió la posibilidad de una Carta del Contribuyente. El diagnóstico era compartido en parte por la academia y los profesionales: existía margen para mejorar la transparencia y el acceso a la información, aunque no hubo consenso sobre la necesidad de un nuevo órgano institucional.
Más de una década después, distintos proyectos legislativos buscaron avanzar en la formalización de derechos y garantías del contribuyente, con participación del Colegio de Abogados y el Colegio de Contadores. Sin embargo, el proyecto de Estatuto del Contribuyente fue archivado en 2024 en la Comisión de Hacienda del Parlamento.
La experiencia comparada como referencia
En ese recorrido aparece de forma recurrente la comparación con otros países de la región. Orellano mencionó en su diálogo el caso de Chile y México, donde existen instituciones con funciones específicas de defensa del contribuyente. “Es lo que se ha visto que funciona en México y en Chile, que son organismos con autonomía”, afirmó.
En el debate académico uruguayo, esos modelos suelen ser citados como referencia para pensar eventuales reformas institucionales. En particular, se destaca la importancia de la autonomía funcional respecto de la administración tributaria y la capacidad de recibir reclamos, generar recomendaciones y promover cambios normativos.
La preocupación central, según distintos estudios, no se limita al diseño institucional sino a sus efectos concretos sobre el acceso a derechos.
Investigaciones realizadas en la órbita de la Universidad de la República ya habían señalado que una parte significativa de los operadores del sistema percibe a los contribuyentes como poco informados sobre sus derechos y con una relación estructuralmente desfavorable frente al Estado.
Un sistema con tensiones estructurales
En su análisis, Orellano sostiene que la dificultad no radica únicamente en la normativa vigente, sino en la forma en que se aplica y se traduce en la práctica administrativa. “A veces el Estado tiene grandes cantidades de cuentas para cobrar, pero no las llega a cobrar porque hay complejidades del propio sistema”, explicó.
El punto de fondo, según su lectura, es la distancia entre la norma y su implementación. En ese espacio intermedio, señala, se producen situaciones donde contribuyentes individuales o pequeñas empresas enfrentan dificultades para regularizar su situación, acceder a facilidades de pago o comprender plenamente sus obligaciones. “Falta ponerle un poco de sentido común”, subrayó.
Un debate reactivado
El tema ha vuelto a tomar visibilidad en el último tiempo, impulsado por el interés académico y la circulación de experiencias regionales. En ese marco, se han retomado discusiones sobre la eventual creación de una Defensoría del Contribuyente o mecanismos institucionales similares.
Para Orellano, la cuestión trasciende el plano técnico. “Hay una necesidad real de las personas que quedan desamparadas. El tema tiene que ver con una inquietud que está en el ámbito profesional, hay mas de 7.000 contadores y de profesiones conexas que está atenta al tema; ni que hablar de personas en general que están preocupadas que a veces no pueden solucionar sus asuntos de deudas”. En vez de…Yo soy un contador que trabajo en el ámbito judicial cuando me designan por alguna cuestión. Mi interés es tomar el rol de narrador de lo que está pasando”, dijo.
Ese enfoque, sostiene, busca situar el problema en una dimensión más amplia que la del caso individual. “No se pretende entrar en terreno político, este vacío es una necesidad institucional, que otros países han recorrido el camino y están en un lugar más adelantado” en vez de…Yo quiero hacer llegar esta información y veo que todo el mundo en general le da bola”, señaló.
El debate, en definitiva, permanece abierto. Entre la igualdad formal ante la ley y las condiciones reales de acceso a la justicia tributaria, Uruguay vuelve a discutir un problema que combina diseño institucional, capacidad del Estado y desigualdades materiales en el ejercicio de derechos.