En Delfos, lugar que los griegos consideraban el ombligo de la Tierra, existía un templo del dios Apolo ya en el siglo VIII a.C., y desde entonces se estableció una red de peregrinaje que unía toda Grecia con ese lugar. Como lo ha señalado National Geographic, “lo habitual era que las ciudades o polis enviasen delegaciones sagradas que debían transmitir al oráculo preguntas sobre los asuntos públicos. Junto a los comisionados oficiales viajaban consultantes privados, cuyas preguntas debían de diferir, lógicamente, de las que formulaba la ciudad: seguramente se referían a la conveniencia de un matrimonio, a los hijos, a los riesgos de negocios y viajes”. En la actualidad ese “Oráculo de Delfos” ha mutado de ubicación y naturaleza, pero igual sigue siendo una supuesta fuente de la verdad y de sabiduría infinita: las encuestadoras.
La instancia electoral del pasado domingo ha demostrado una vez más que las empresas encuestadoras de nuestro país se ven afectadas por el mismo problema que aqueja a sus colegas de todo el mundo: los gruesos errores que cometen elección y tras elección y de los cuales nadie está dispuesto a hacerse cargo. Hoy en día las encuestadoras ni son un oráculo ni están en Delfos. Cometen errores como cualquier hijo de vecino, aunque con consecuencias clara y ciertamente más preocupantes.
Una reflexión sobre este importante mecanismo de consulta pública debe empezar por entender sus características principales y el contexto en el cual desarrollan sus actividades. A modo de ejemplo, para María Laura Tagina, especialista en estudio y análisis de la opinión pública “en una democracia, las encuestas sirven de espejo retrovisor para los gobernantes, ya que permiten sondear el apoyo o rechazo a las decisiones de gobierno. Para la opinión pública son un canal de expresión de sus preferencias políticas”.
Al comienzo de una campaña electoral, las encuestas permiten captar el humor social, las preocupaciones de la gente y el grado de conocimiento de las y los dirigentes políticos que aspiran a una candidatura, así como sus puntos débiles y fuertes ante la opinión pública. Estos insumos son útiles para que las fuerzas políticas puedan definir el tono de la campaña, la agenda de temas y las estrategias de posicionamiento de las y los candidatos. Durante el desarrollo de la campaña, las encuestas permiten monitorear el grado de aceptación que logran las propuestas y las candidaturas.
Pese a que muchas veces son criticadas a la luz de los resultados electorales, los sondeos de opinión despiertan un gran interés en la sociedad en general y en los políticos en particular, sobre todo en momentos electorales. ¿A qué se debe este fenómeno?
Creo que el interés crece cuando se trata de elecciones presidenciales, en las que la competencia política se centra en torno de las candidaturas antes que de los partidos. Estas elecciones son cubiertas por los medios de comunicación como una carrera de caballos, en las que se mide la distancia que se sacan las y los candidatos entre sí; esto tiene mucho de espectáculo y creo que por eso resulta atractivo para el público.
El interés entre las y los políticos está dado también, porque las encuestas son visualizadas como un instrumento para influir en el electorado; si los resultados son favorables se busca difundirlos, sea porque se presume el efecto del “carro vencedor” (la gente vota al ganador), sea porque sirven para mantener alto el ánimo de la militancia, o, sencillamente, porque buenas encuestas hacen buenas finanzas (los donantes prefieren apoyar a quienes tienen chances de ganar)”.
Para el académico Alejandro García Magos “los errores en las encuestas electorales han sido evidentes en varios eventos recientes, como las elecciones en el Estado de México, donde se pronosticó una amplia ventaja para la candidata de Morena, Delfina Gómez, pero su margen de victoria fue mucho menor de lo anticipado. No es fenómeno aislado; se ha observado en distintas elecciones en México y Latinoamérica. Ejemplo de lo anterior fue el plebiscito constitucional en Chile, donde las encuestas favorecían ligeramente al Rechazo, pero al final esta opción ganó con una avalancha de votos sobre el Apruebo. En Brasil también se vio algo similar en 2022, cuando todas las encuestas daban una ventaja considerable a Lula sobre Bolsonaro, pero al final casi quedaron empatados”. En las elecciones presidenciales estadounidenses volvió a presentarse el mismo problema, ya que una elección que parecía muy pareja entre Kamala Harris y Donald Trump terminó con una victoria contundente de este último. Esa diferencia entre las predicciones y la realidad no es un hecho nuevo y mucho menos aislado. En efecto, luego de las elecciones guatemaltecas del año 2023, la Misión de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) criticó “la falta de correspondencia entre los resultados oficiales el día de la elección y todas las encuestas ampliamente difundidas con antelación” y consideró que ese “divorcio lo ha venido observando la OEA en distintas elecciones”. Los mismos errores fueron cometidos por las encuestadoras en las elecciones del año 20923 cuando Javier Milei fue electo presidente luego de ser ignorado y ninguneado por las encuestadoras más prestigiosas de ese país. En el pasado balotaje muchas encuestadoras uruguayas confesaron que era imposible predecir un resultado entre ambas fórmulas presidenciales porque las diferencias eran demasiado pequeñas, pero sin embargo terminó siendo prácticamente de 4% en favor de Yamandú Orsi y Carolina Cosse; otra vez le erraron feo.
A esta altura no cabe duda de que los errores cometidos por las encuestadoras en Uruguay y en el mundo son muchos, graves y frecuentes. Hasta aquí todo bien: lo que está en juego es la reputación de esas empresas y por ende su cartera de clientes y las ganancias que podrán lograr anualmente. El problema es que dichos errores tienen efecto directo sobre los votantes y sus preferencias y pueden manipularlos al presentar un candidato con un bajo porcentaje de preferencia o al revés. En ambos casos se estaría dando, aunque sea en forma no deseada –o no–, una manipulación encubierta de los ciudadanos a través de un mecanismo que coloca en una situación privilegiada a quien en realizad no cuenta con el apoyo que expresa la encuesta. De esta forma más o menos encubierta, pero claramente efectiva, las encuestas logran hacer mella en los electores, todo lo que atenta contra la calidad democrática de un país. Eso es bien conocido, y resulta preocupante porque muchas de estas encuestas son “solicitadas” por partidos políticos. Es por eso que en EL TELEGRAFO no somos muy afines a anticipar resultados de encuestas electorales; de hecho en las elecciones de octubre se nos hizo llegar alguna de las “serias” con proyecciones locales que a la postre terminó en un resultado vergonzoso. Afortunadamente como a tantas otras, no le dimos difusión. Hoy las encuestadoras van camino al mismo destino de desprestigio que las alertas meteorológicas del Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet), donde si se advierte que el mundo se termina en dos horas por la tormenta del fin de mundo, hay altas probabilidades de que tengamos el día más hermoso del año para disfrutar al aire libre.
George Gallup, el ciudadano estadounidense que inventó hace casi cien años la encuesta política basada en los métodos científicos que hoy conocemos, “defendía las encuestas como una forma de promover la democracia” ya que se trataba de “un nuevo instrumento que puede ayudar a cerrar la brecha entre la gente y quienes son responsables de tomar decisiones en su nombre”. La realidad actual de este mecanismo de opinión pública en Uruguay y en el mundo es muy diferente y peligroso: lejos de cerrar le brecha entre elegidos y electores, las encuestas se han transformado en una amenaza que manipulan ciudadanos para condicionar su voto.