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La sustancia, en HBO Max
Pensar en una película como La sustancia es pensar en muchas cosas. Aunque muchos, si la ven, crean que es la película menos intelectual que se haya podido realizar. Claro, no está hecha para un simposio, pero su análisis y posterior recomendación se vuelve inevitable. ¿Por qué? Por supuesto en primer lugar porque el verdadero delirio que plantea el filme, funciona.
Durante los 140 minutos de duración del filme ni el más puntilloso espectador le puede poner un “pero” a la catarata de emociones, piel, sexo, órganos y sangre que está viendo. Digamos que la directora Coralie Fargeat toma por asalto la atención del público y lo lleva de las narices hacia donde se le antoja. ¿Suena conocido? Claro que sí. Eso se dijo siempre de Alfred Hitchcock, un genio que conocía tan bien los entresijos de la mente de su público que se daba el lujo de jugar con eso. Pero al ver la historia de La sustancia, en la que una modelo entrada en años (estupenda, al fin, Demi Moore) decide meterse una “sustancia” que le llevará a “ser” mucho más joven (también excelente Margaret Qualley) y todo se le va de las manos, no remite, precisamente al cine más calculado de Hitchcock, sino a las películas más anárquicas de directores como John Carpenter o David Cronenberg.
De este último tiene mucho, para empezar, La sustancia se trata de un “body horror”, algo que Cronenberg prácticamente inventó. El terror no está afuera, ni tampoco en la casa, está mucho más cerca, está en nuestros propios cuerpos. Y el mundo exige que tales cuerpos sean lozanos, delgados, perfectos. Mucho más si la profesión del personaje principal es el modelaje, además si se dedica a dar clases de fitness. Pero el tiempo no perdona y al llegar a los cincuenta (por no decir sesenta), es imposible seguir pareciendo de veinte ¿o no?
Y no, se puede si se utiliza la sustancia del título. El resultado es entonces una versión no solamente más joven sino mejorada que, por supuesto, no querrá abandonar ni de casualidad ese estado. Lo que hace entonces la directora Fargeat es introducirnos en un infierno del que no podemos negar sus atractivos. La película podría pasar por ser un catálogo de shocks visuales pero también nos interpela.
La desesperación y caída del personaje principal no es realista, pero es comprensible. Lo que vende y manda en el mercado es la juventud y la belleza; cuando ya no se la tiene, bueno, hay que irse para la casa. Salvo que se esté dispuesta a pagar por quedarse de una forma en la que la venta del alma al diablo del viejo Fausto pasa a ser un juego de niños en comparación.
Es muy fácil encasillar La sustancia como un filme de “terror” y también es muy fácil defenderla diciendo que “es mucho más que eso”, como si los filmes de terror no fueran valiosos y no dijeran cosas interesantes. Por suerte, nada de eso le preocupa a la directora, que hace en su película lo que quiere. El clímax final es apoteósico y si lo que se vio hasta ese momento parece fuerte, la forma en que cierra la historia es lo más radical que se ha visto en mucho tiempo, al menos en el cine clase A.
Como bonus también tiene una de las mejores y más estrafalarias actuaciones de Denis Quaid como representante masculino de un mundo de apariencias que sangra (nunca mejor dicho) por los cuatro costados. Por supuesto, los sensibles véanla bajo su propio riesgo. Los demás, no se la pierdan.
Fabio Penas Díaz

