El Club Amandayé Ipeguá se prepara para iniciar en noviembre una nueva temporada de actividades vinculadas al canotaje y el kayakismo, con una propuesta que procura ampliar la participación más allá de quienes ya practican deportes náuticos. La institución, que funciona en la antigua Usina de Aguas Corrientes, en el Parque Guyunusa, proyecta mantener durante los meses de verano sus clases, travesías y jornadas abiertas a la comunidad.
La temporada 2026-2027 comenzará formalmente el próximo mes y, como ocurre habitualmente, el club prevé realizar durante la primera semana una jornada abierta para que quienes no conocen la actividad puedan acercarse, remar y familiarizarse con las embarcaciones.
“Queremos que la gente vaya a probar, a remar y a tener la vivencia. Después, si se quiere asociar, lo hacemos sin cobrar la matrícula en ese momento”, dijo a EL TELEGRAFO, Julio Ramírez, presidente de Amandayé Ipeguá.
La propuesta tiene como una de sus características que el socio no necesita contar con equipamiento propio. La institución dispone de embarcaciones, chalecos y remos, además de profesores que se encargan de las clases organizadas. Quienes ya tienen kayak o canoa también pueden dejar su embarcación en el club mediante un servicio de guardería.
El funcionamiento apunta así a facilitar el ingreso de nuevos participantes y, al mismo tiempo, sostener una actividad regular para quienes ya forman parte de la institución. Durante la temporada aumentará la carga horaria y habrá más opciones para concurrir a las clases.
Amandayé se fundó el 15 de julio de 1995 por un grupo de amigos vinculados por su relación con el río. Su nombre, de origen guaraní, significa “amigos reunidos en torno al río”. Desde entonces, el canotaje y el kayakismo constituyen el centro de la actividad, tanto en el plano recreativo como competitivo.
Las clases también se complementan con salidas por distintos cursos de agua de la zona. Entre los recorridos habituales aparecen la isla de San Francisco, el arroyo Negro y el río Queguay, donde en algunas ocasiones se realizan travesías hasta la zona de la cascada.
Una de las actividades tradicionales de la institución es precisamente la travesía del Queguay, que acumula más de una década de realización. Este año, sin embargo, las condiciones del río obligaron a revisar los planes.
“Por razones climáticas no la podremos hacer. Estamos viendo que el río va a crecer y que va a estar complicado”, señaló Ramírez. La decisión también está vinculada a las condiciones de seguridad y a las disposiciones de la Prefectura Nacional Naval, que establece los criterios para autorizar la navegación cuando el nivel del río alcanza determinadas marcas.
Cada salida de la escuela de canotaje es comunicada previamente a Prefectura, con los horarios y características de la actividad. Frente a las dificultades que pueda presentar el río Uruguay, el club ya analiza alternativas para mantener las jornadas de navegación. Una de ellas es el arroyo San Francisco, en una zona próxima a bulevar Artigas al norte que la institución ya utilizó en otras oportunidades.
La intención, de todos modos, no se limita a mantener las clases de canotaje. En los últimos años el club incorporó propuestas destinadas a sostener la actividad durante el invierno, cuando las condiciones climáticas pueden reducir la concurrencia a las prácticas en el agua.
Así surgieron las clases de yoga y entrenamiento funcional. La experiencia tuvo una respuesta que llevó a ampliar la propuesta: durante este invierno funcionaron dos grupos de funcional y dos de yoga.
“Trascendemos la parte del canotaje”, resumió Ramírez al describir esa evolución. La idea es que la sede mantenga movimiento durante todo el año y que el vínculo de los socios con el club no dependa exclusivamente de la posibilidad de salir al río.
La infraestructura también favorece ese objetivo. Además del espacio destinado a las actividades, la sede cuenta con vestuarios, baños, duchas y cocina. En el predio exterior, además, se generó un espacio verde luego de que el año pasado fuera retirada una construcción que permanecía abandonada.
Ese lugar pasó a ser utilizado como un pequeño parque, pensado para que los socios puedan permanecer en el club después de las clases, conversar o compartir una jornada al aire libre. “Queremos que sea un lugar también para que la gente vaya. Que pueda ir a tomar mate, más allá de la hora de la clase, a charlar y a hablar”, dijo Ramírez.