Cuando el afamado filósofo francés Paul-Michel Foucault (1926 -1984) abordó en su obra el tema del surgimiento de las ciencias humanas en el siglo XVIII explicaba que se podría hablar de ellas solo si se intentaba definir la manera en que los individuos o los grupos “representan las palabras, utilizan su forma y su sentido, componen sus discursos reales, muestran y ocultan en ellos lo que piensan, dicen, quizá sin saberlo, más o menos lo que quieren”.
Al hacer esto, los seres humanos dejamos una gran candidad de huellas verbales de nuestros pensamientos. Mediante el lenguaje, adjudicando palabras a los fenómenos, a las cosas, a las personas, es que los humanos tenemos la capacidad de entender, comunicar e interpretar el mundo que nos rodea.
Esto sucede porque aquello que construimos con palabras genera una forma de pensamiento social o colectivo mediante el cual obtenemos una determinada percepción de la realidad.
Es así que se torna relevante prestar especial atención a los significados con los cuales cargamos a las palabras que usamos diariamente, y entre ellas, a aquellas que elegimos para referirnos a las personas mayores y a los asuntos concernientes a esta población. Las palabras que elegimos, o aquellas que llegan a nuestros oídos serán constructoras de nuestra visión y también de nuestra conducta, o sea, de nuestra forma de ver y de interactuar con estas personas.
A su vez debemos considerar que las palabras que usamos hoy no necesariamente están cargadas de los mismos significados que ayer. Esto es así debido a que los significados varían a través de la historia y de acuerdo a cada sociedad y cada cultura.
Claro ejemplo de esto lo vemos en el modo en que hemos empleado una variedad de términos para describir a este grupo demográfico conformado por las personas que traspasan cierta edad (edad que ha ido también cambiando con el tiempo).
Veterano, viejo, geronte, abuelo… muchos de estos términos, aunque en principio neutrales, se han cargado de prejuicios y estereotipos negativos que perpetúan una visión de las personas mayores como frágiles, dependientes, decrépitas o incluso irrelevantes. Es así que muchas veces las palabras que utilizamos para describir a las personas mayores pueden tener un impacto significativo en la forma en que son percibidas y tratadas en la sociedad.
Seguramente muchos de nosotros hemos en alguna ocasión utilizado ante una persona mayor un lenguaje cargado de diminutivos, de palabras, de tonos de voz, o gestos que se esperan más del trato hacia un niño que hacia una persona adulta. Seguramente, la mayoría de estas veces, hemos pensado que hacíamos esto como una muestra de afecto y cariño.
Pero, ¿nos hemos detenido a pensar en algún momento que hay detrás de estas manifestaciones?
Diferentes autores hablan sobre esta forma de referirse y de actuar con las personas mayores como una forma de maltrato. Claro que, cuando pensamos en maltrato, se nos vienen en mente una serie de ideas que se alejan del hecho de estar llamando a alguien “abuelito”, o de actuar sobre su cuerpo desde la perspectiva de que esta persona necesita cuidados similares a los que necesita un niño pequeño. Justamente el hecho de no ser algo que “nos rompa los ojos” como maltrato es lo que dificulta, como pasa con toda forma sutil e internalizada de violencia, la erradicación de este tipo de discursos y conductas.
En el tratado multilateral de Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores (2015) en su artículo 4 se menciona específicamente a la infantilización como una práctica a prevenir, sancionar y erradicar, mientras en su artículo 8 se exalta a erradicar los “prejuicios y estereotipos que obstaculicen el pleno disfrute” de los derechos de las personas mayores.
“Son como niños”. Muchas veces nos encontramos con esta frase, y más aún en los ámbitos donde se llevan a cabo tareas de cuidado hacia las personas mayores, como ser en el caso de los residenciales. Este tipo de pensamientos al generalizar, homegeneiza a una población, dejando de lado las singularidades, generando así prácticas, maneras de actuar, que despersonalizan e invisibilizan así a los diferentes procesos de envejecimiento, las distintas maneras de envejecer y de vivenciar la vejez.
Esto va en contra de entender al envejecimiento y la vejez como parte de nuestro curso vital, el cual es un proceso heterogéneo que depende de nuestras singularidades, las que incluyen áreas sociales, culturales, psicológicas y biológicas.
Este tipo de discursos que tienden a la infantilización pueden influir de tal manera que las propias personas mayores terminen reproduciendo estos significados y adoptando algunas de las conductas esperadas que están relacionadas con estos propios discursos.
La infantilización viene de la mano con el concepto de paternalismo, o sea la tendencia a querer imponerse frente a las personas mayores como si éstas fueran niños sin mayor poder de decisión, lo cual obviamente es un ataque directo al derecho de autonomía de los individuos.
Al restringir la autonomía de las personas mayores estamos limitando la capacidad de elegir sobre aquellos asuntos que considera mejores para sí mismo, de manifestar su opinión y que ésta sea escuchada y valorada.
Podemos llegar a entender este uso del lenguaje infantilizador como parte del fenómeno llamado edadismo o viejismo, término utilizado por Leopoldo Salvarezza a partir del concepto de “ageism” definido anteriormente por el psiquiatra norteamericano Robert Butler en 1968 al plantear los estereotipos y prejuicios en relación a la edad, mediante los cuales se presupone que todas las personas mayores son iguales. Esto resulta en una forma de discriminación asociada a la edad de la persona.
Más particularmente podemos ubicar a este tipo de discursos dentro de lo que se conoce como lenguaje edadista, o sea, una forma de maltrato emocional manifestada en la comunicación .
Los autores Ryan, Giles, Bartolucci y Henwood aseguraban en su obra que “hablar a las personas mayores como si fueran niños o tratarles de una forma paternalista puede favorecer de una manera evidentemente inconsciente el refuerzo de comportamientos o actitudes dependientes y fomentar el aislamiento y/o la depresión de las personas, contribuyendo a la común espiral de declive en el estado físico, cognitivo y funcional de las personas mayores que viven en residencias”.
Esta forma de referirse y de actuar frente a las personas mayores la vemos absolutamente naturalizada en varias personas que se dedican a tareas que implican el cuidado de personas mayores (por ejemplo en los establecimientos de larga estadía).
Esto puede estar dado por un primer aprendizaje sobre el cuidado que se realiza en el ámbito familiar, un acercamiento a los cuidados a través de las experiencias vivenciadas en los hogares hacia aquellos considerados como los seres más dependientes: los niños.
Estas primeras experiencias que construyen en parte el significado que damos al cuidado podrían provocar una visión restringida de la dependencia, resultando en prácticas infantilizadoras al comparar la dependencia de ciertas personas mayores y el cuidado que podría ésta conllevar con el requerido por un niño.
De nuevo aquí nos encontramos ante dos de los grandes flagelos a los que llevan los prejuicios y los estereotipos, como ser la despersonalización y la homogeinización de las personas mayores: toda persona mayor pareciera ser dependiente (cuando en realidad la mayoría de las personas mayores son autónomas y autovalentes) y esto sería asociado con “ser como un niño”.
Otro probable punto de partida para los discursos infantilizadores y las prácticas a partir de éstos, y que no descartaría al anteriormente mencionado, sino que podría anexarse al mismo, es referente a como el discurso del capitalismo puede estar influyendo en nuestra visión sobre las personas mayores.
Las imágenes y discursos hegemónicos que circulan y se encuentran en la cotidianeidad de los sujetos acerca de la vejez y el envejecimiento se encuentran ligados a la producción de subjetividad capitalista. Por un lado, la juventud se mide en torno a la productividad del sujeto, un sujeto inmerso en lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han ha llamado la sociedad del cansancio, en la cual nos autoexigimos niveles tales de productividad que entramos en una vorágine que nos impide reflexionar acerca de nuestras propias conductas.
De este modo el capitalismo logra, como producto social, una idea de la vejez que en contraposición con la juventud, vemos como un período improductivo, algo que podemos observar en términos como pasivo para referirse a la persona que ya no cumple con un trabajo formal y ahora pasó a transformarse en una “carga” económica para el Estado y a veces también para las familias.
La persona mayor, ahora desentendida del mundo laboral, pasa a estar marcada por una no productividad (en los parámetros del sistema capitalista) que podría estar otorgándole una nueva “semejanza” con un niño.
Estos discursos plagados de diminutivos, de comparaciones con el mundo infantil, y de cuidados que son pensados por analogía a los requeridos por un niño, conllevan a un trato que cae en el paternalismo, la sobreprotección y el exceso de cuidados que pueden, la mayoría de las veces sin intención, estar limitando en muchos casos la autonomía de las personas mayores y por ende, el ejercicio de sus derechos.
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